15.7.09

Optimismo

En su libro "Optimismo vital" el psicólogo Bernabé Tierno afirma las ventajas de construir el futuro sobre la esperanza.
Vamos a recordar y a resumir -según el autor- los rasgos principales que caracterizan a una persona optimista:


1. Mantiene la actitud de esperar que sucedan cosas buenas y gratificantes, alentado por un entusiasmo tenaz e inteligente.

2. Explica los sucesos positivos por su esfuerzo personal y dedicación.

3. No concede demasiada importancia a las circunstancias y a la suerte, que son factores no controlables; pero sí espera todo de su actitud conscientemente positiva.

4. Entiende que la adversidad es pasajera y confía en superarla, en aprender de ella y en salir más experimentado y reconfortado.

5. Tiene los pies en la tierra, es realista y pragmático y sigue una ruta bastante definida en su vida, con metas claras, sencillas y asequibles.

6. Es consciente de que el verdadero bienestar subjetivo lo proporcionan las cosas más corrientes del día a día que vive y disfruta.

7. Es extravertido, dinámico, entusiasta y amable, y sabe «leer» e «interpretar» la vida de la forma más positiva posible.
8. Convierte en disfrute la profesión u oficio que ejerce y que da sentido a su vida.

9. Acepta gozoso la vida que le ha tocado vivir y admite de buen grado que la perfección es imposible.

10. Busca el equilibrio entre el cuerpo y la mente, lo material y lo espiritual, lo personal, lo familiar y lo laboral.

11. Los traumas, las desgracias y las situaciones críticas que a otros enferman y debilitan, al optimista vital le fortalecen, le construyen y le hacen crecer interiormente.

12. El optimista vital es sobre todo una persona medicina, tónica y gratificante para sí misma y para los demás y el verdadero arquitecto de su destino.

13.7.09

BE

Cambio de residencia y de ciudad: me traslado a Valencia.
No se por qué, pero me viene a la memoria esta canción.
Levantar el vuelo y comenzar una nueva etapa...
Pido a Dios que sepa ser lo que estoy llamado a ser en cualquier lugar y circunstancia.


11.7.09

Aprender a educar nuestros deseos

El Dr. Enrique Rojas publicó ayer en el diario El Mundo este interesante artículo:


LA EDUCACIÓN es la base para edificar un proyecto personal adecuado. Y es necesario educar el deseo y el querer. El primero es anhelo, aspiración, conocimiento de algo que nos lleva en esa dirección, casi como un imán; es pasajero, transitorio, esporádico, como un chispazo que recorre nuestra mente por un rato. Querer es determinación y firmeza, pretender algo con toda la voluntad. El deseo y el placer forman un edificio común: el primero ocupa la planta baja y conduce directamente al placer, instalado en el piso de arriba; la escalera que los comunica es la imaginación.

El deseo está lleno de promesas. Tiene magia, embelesa, un tono embriagador y hechicero que nos conduce y fascina. Pero dejarse arrastrar por los deseos sin más suele ser poco maduro. Crecer es orientar la conducta en una dirección positiva; de entrada, cuesta mucho, pero a la larga nos hace personas.

El campo magnético de la afectividad forma una telaraña complejísima en la que los conceptos se cruzan, entremezclan, confunden, avasallan, entran y salen, suben y bajan, giran y vuelven a aparecer. Todo esto da lugar a una tupida red de significados en la que la imprecisión está a la orden del día, pues en la misma persona los usos, las significaciones y las andanzas biográficas cobran alcances y acepciones bien distintos.

Garantizar la vida afectiva requiere amor y conocimiento, emplazándola para que tenga el mejor desarrollo posible. Es un navío que suelta amarras y navega con el timón bien orientado, una ingeniería de vericuetos levadizos y caminos serpenteantes ajedrezados por el deseo y sus aledaños. La afectividad es una materia singularmente maleable, difícil de apresar. Es un mar encrespado en el que casi todo salta mezclado. Todo en ella ronronea con inesperados cambios de ritmo, enriquecida por un muestrario de variados matices poblados de sombras. La plasticidad afectiva es sobresaliente.

El mundo de la afectividad está envuelto en una tenue neblina precisa e imprecisa, bien definida y excesivamente etérea. En este terreno tan movedizo es preciso definir bien los términos. Para alcanzar nuestro objetivo es importante deslindar los significados. Desear y querer son las dos caras de la moneda. Desear es anhelar algo de forma próxima, rápida, casi inmediata. Querer es pretender a largo plazo, pero sin la transitoriedad de lo anterior, especificando el objetivo, limitando los campos con la firme resolución de llegar a la meta cueste lo que cueste. Los deseos son más superficiales y fugaces. El querer es más profundo y estable. Muchos deseos son juguetes del momento. Casi todo lo que se quiere significa un progreso personal.

Parece que la inteligencia y la afectividad están casi siempre a la gresca. Lo cierto es que ir alcanzando una proporción adecuada entre ellas es una labor de filigrana. Lo que la inteligencia despierta, la afectividad parece que lo aletarga y entumece. Hay un bamboleo entre la vigilia y la somnolencia. El deseo busca la posesión cercana de algo, que se pone en movimiento sobre la marcha y tiene como motor el impulso de posesión; ésa es su dinámica: el querer aspirar a un objetivo remoto, que requiere algo concreto, bien diseñado y con la voluntad como motor, tras recorrer una larga travesía.

9.7.09

Benedicto XVI presenta la encíclica “Caritas in veritate”

Ofrecemos, gracias a Zenit, la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 8 de julio de 2009, celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos procedentes de todo el mundo, dedicada a presentar la encíclica que publicó este martes, "Caritas in veritate".


Queridos hermanos y hermanas:
Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar-- según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio "caritas in veritate", gira toda la doctrina social de la Iglesia. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un valor human y humanizador. La caridad en la verdad "es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral" (n. 6). La encíclica alude en seguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante de ese amor "con los hechos y en la verdad" (1 Juan 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (Cf. n. 6). Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr n. 7).


Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro tiempo. De modo especial, enlaza con cuanto escribió Pablo VI, hace ahora más de cuarenta años, en la "Populorum progressio", piedra angular de la enseñanza social de la Iglesia, en la que el gran pontífice traza algunas líneas decisivas, y siempre actuales, para el desarrollo integral del hombre y del mundo moderno. La situación mundial, como ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios sociales y económicos; por la otra, se invocan desde muchas partes reformas que no pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios. (Ver texto completo)

8.7.09

Panis Angelicus

Panis Angelicus es uno de los tres himnos escritos por Santo Tomás de Aquino para la Fiesta de Corpus Christi como parte de la liturgia completa de la Fiesta, incluyendo oraciones para la Misa y la Liturgia de las Horas. Los otros dos himnos escritos por Santo Tomás son O Salutaris Hostia y Tantum Ergo. En 1872, César Franck arregló el tema para tenor, órgano, arpa, cello y contrabajo; lo incorporó en su Messe Solonnelle.

Chloe Agnew sings 'Panis Angelicus'

Panis angelicus
fit panis hominum;
Dat panis coelicus
figuris terminum:
O res mirabilis!
manducat Dominum
Pauper, servus, et humilis.
Te trina Deitas
unaque poscimus:
Sic nos tu visita,
sicut te colimus;
Per tuas semitas
duc nos quo tendimus,
Ad lucem quam inhabitas.
Amen.


Pan de los Angeles,
se convierte en pan de los hombres;
El Pan del cielo
termina con todas las prefiguraciones:
¡Oh cosa admirable!
Consume a tu Señor
el pobre, siervo y humilde.
Rogamos a Ti,
Dios, Uno en Tres,
Que así vengas a nosotros,
como a ti te damos culto.
Por tus caminos
guíanos adonde anhelamos,
a la luz en la que moras.
Amen.

7.7.09

Analfabetos en religión

Josep-Ignasi Saranyana, Profesor de Teología de la Universidad de Navarra, publicaba en "La Vanguardia" (14 de junio de 2009) esta reflexión sobre la cultura que está generando el lñaicismo:


El Periódico comentaba, hace poco, que la historia sagrada (Caín, Abrahán, Isaac, etc.) impregnaba antes la vida cotidiana de los adolescentes y que "de esa presión ideológica [sic] hemos pasado ahora al relativismo laico", a "ahuyentar cualquier atisbo de reminiscencia religiosa". Días después, Reyes Mate denunciaba, en el mismo rotativo, que la juventud española padece "un anacrónico analfabetismo religioso"; y que le preocupaba no "tanto la descristianización del país, sino la deshumanización de las nuevas generaciones".

Es innegable que los planteamientos laicistas se encuentran en este punto, como en tantos otros, ante un dilema. La pregunta es, en efecto, si puede el fenómeno religioso prescindir de su matriz religiosa y transformarse en puro fenómeno cultural; si pueden interesar a las nuevas generaciones, unas expresiones artísticas (Giotto, por ejemplo) producidas por convicciones que ya se consideran muertas.

El pasado domingo tuve ocasión de revisionar el insuperable documental de Al Pacino Looking for Richard (1996), que recrea el Ricardo III de Shakespeare e indaga por qué la juventud americana pasa por completo de Shakespeare. Los jóvenes entrevistados por Pacino consideran que ese drama es complicado, lento, engolado y sin sentido. Ya nada les dice la obra del dramaturgo inglés, y menos todavía la tragedia de la Casa de York. Falla el puente entre el XVI y el XXI y, por ello, Shakespeare les atrae menos que la extinción del lince ibérico.

Por analogía, Pacino nos ofrece pistas para comprender por qué es imposible que Moisés y David interesen, si se extinguen las convicciones religiosas. ¡Sin ellas, en efecto, qué me importan –dicen los jóvenes– Abrahán, Isaac, Jacob y otros beduinos del próximo oriente, que vivieron hace tres mil años y pico! Ni los entienden, ni les divierten, ni les interesan. Una cultura cristiana sin cristianismo es una utopía. Y entonces acecha la deshumanización, como temen los laicistas, y nuestro mundo se desnorta.

5.7.09

Diagnóstico cultural de nuestro tiempo

Alejandro Llano, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra hace un clarificador "diagnóstico cultural del tiempo presente" en este artículo que recuperamos para el blog. Si se examinan las mentalidades y formas de vida que hoy imperan en Occidente, se detectan cuatro problemas de fondo que tiene que abordar la educación del hombre actual…


El relativismo, la concepción de los derechos humanos, la idea y práctica de la sexualidad, y el consumismo son cuestiones de las que nadie puede considerarse al margen. Ante las tendencias disolventes en estos terrenos, se presenta una oportunidad de ser rebeldes, para crear otros modos de pensar y de vivir más conformes con la dignidad de la persona.

Podemos considerar el relativismo cultural como el primer problema, el más profundo y abarcante, que ofrece hoy día relevancia intelectual. Como ha señalado Pierre Manent en su libro La ciudad del hombre, lo que se encuentra en la raíz del relativismo cultural es el abandono de la noción de naturaleza y, con ella, de la visión teleológica del hombre y de la entera realidad. Con mucho acierto, Pierre Manent sitúa en el siglo XVII la época en la que la humanidad europea se decide a echar por la borda de una buena vez la idea de naturaleza humana. Y el autor más representativo de esta operación ideológica no es otro que John Locke. Esto va unido a unas variaciones en el modo de vida que suponen el cambio de los parámetros comunitarios propios de la polis o de la civitas por otros, característicos de las sociedades modernas, en las que la clave relacional ya no es la amistad cívica sino el comercio.

El comercio no tiene patria ni aspiraciones de perfeccionamiento. Es una combinatoria anónima cuyo único propósito consiste en la mejora de las condiciones materiales de vida y, por decirlo de una manera que para Locke no es trivial, en el logro de la comodidad, del comfort. El comercio es defensivo, huidizo: no busca ya el vivir bien de los clásicos y cristianos, sino meramente el sobrevivir de la manera más placentera posible.

La vida buena, las humanidades, la religión, la cultura, se convierten entonces en una creación circunstancial e histórica del propio hombre. Y, por lo tanto, poseen un valor estrictamente relativo. A su vez, el modo comercial de vida –que sigue siendo el nuestro– fomenta la globalización, la movilidad de la población y, por lo tanto, el multiculturalismo, que viene a ofrecer en un solo golpe de vista el abigarramiento de las diferentes creencias, valoraciones, creaciones artísticas, gustos, preferencias o estructuras familiares.

Ética leve
En una situación de esta índole, la virtud fundamental es la tolerancia. Lejos de toda pretensión de superioridad o exclusivismo, cada cultura o religión debe concebirse a sí misma como una más entre otras. Lo contrario sería dogmatismo o fanatismo –eso que hoy día se llama fundamentalismo–, que es lo único que la tolerancia no debe tolerar.
Evidentemente, tal visión de la realidad social abre camino a una concepción minimalista, leve, light de la moralidad. Es la ética sin metafísica y, por los mismos motivos, un enfoque de la convivencia social que -por utilizar la expresión de John Rawls- se caracteriza por ser político, no metafísico. Como ya no se admite que haya una naturaleza –y tampoco, por ende, que haya cosas que sean según la naturaleza o contra la naturaleza–, la ética es exclusivamente procedimental o funcional: es la moral del buen funcionamiento.

Sin embargo, a la luz de lo acontecido en estos tres últimos siglos, cabe decir que “el funcionalismo no funciona”. El olvido de la naturaleza –que, por más que nos empeñemos en negarlo, sigue siendo nuestra manera fundamental de ser- lleva consigo un completo descoyuntamiento de la vida personal y social. Sin necesidad de echar cuentas de quebrantos y ganancias de este período, basta con fijarnos en la pérdida de sustancia moral característica de las sociedades actuales, en las que lo que empieza a ser problemático es justamente aquello que ante todo se pretendía, a saber, sobrevivir de una manera mínimamente digna. (Ver texto completo)

3.7.09

Derrota de la verdad

Se han cumplido sesenta años de la publicación de 1984, la novela de George Orwell que alertaba contra el surgimiento de un Estado que lo controla todo. Aunque las amenazas totalitarias que vislumbró el escritor británico parecen haberse desvanecido, su mensaje sigue siendo actual. Hoy el equivalente del Ministerio de la Verdad se dedica a eliminar la diferencia entre lo real y lo inventado y a prohibir determinadas preguntas. Así lo hace notar el profesor Alfredo Cruz en un artículo publicado en Nuestro Tiempo (mayo-junio, 2009).


Es difícil que el lector actual pueda temer al “Gran Hermano” del que habló Orwell: ese símbolo del control omnipresente que materializaron el nazismo y, años después, la dictadura comunista de Stalin. “La idea de un aparato político que controla la vida entera de los hombres (…) es algo que pertenece al pasado, es una imagen que no consigue alarmarnos, pues se nos antoja imposible que vuelva a cobrar realidad”. Pero sería un error pensar que la advertencia de Orwell frente al totalitarismo ha perdido vigencia. Si miramos al fondo de la novela, como sugiere Cruz, encontraremos un inquietante paralelismo con la época actual. “Puede que las ideologías mesiánicas, la instrumentalización sistemática de los individuos o la política de la sospecha y la delación, estén lejos de nosotros y sea difícil su vuelta. Pero la hostilidad a la verdad, el cuestionamiento escéptico de que pueda haberla realmente, y el esfuerzo por ampliar el campo de la manipulación, y perfeccionar sus métodos, nos acompaña todos los días”.

“Quien afirma que en política no hay lógica, y que, por lo tanto, todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, valores y argumentos racionales, puede acabar gobernando un país democrático; mientras que el que reconoce públicamente que no puede sostener que ser homosexual sea equivalente a ser heterosexual, se ve declarado no apto para la actividad parlamentaria”.

“¿Quién se atreve hoy a decir abiertamente que lo concebido por una mujer solo puede ser otro ser humano porque, de lo contrario, ella misma tampoco lo sería? ¿Quién se aventura a sostener que todo ser humano es varón o mujer antes de tener orientación sexual alguna, y que la única orientación sexual normal, razonable es la que corresponde a lo que uno es; o que la única forma de convivencia conyugal que es verdaderamente de interés social, es el matrimonio entre un hombre y una mujer? (…)”
“El peligro que corre quien afirme tales cosas no consiste en que sus afirmaciones puedan ser discutidas, como tampoco consiste en que, de esta discusión, pudieran salir finalmente refutadas. El peligro está en que ni siquiera se admitirá entrar a discutirlas. Y no admitir la discusión supone no admitir, por principio, la posibilidad de que una cosa resulte a la postre verdadera. En otras palabras, supone haber hecho de la diferencia entre verdad y falsedad una cuestión posterior y dependiente de la posición adoptada por nuestra voluntad”.

En la nueva sociedad opresiva, el intento de introducir ciertas ideas en el discurso público se tacha de osadía. No hay lugar para el debate racional; no se admite por principio la posibilidad de llegar a unas preferencias razonables. Esta es, según Cruz, la esencia del totalitarismo sobre el que alertaba Orwell: eliminar, desde el poder, la diferencia entre lo real y lo inventado.

“Cuando no hay verdadero debate y argumentación; cuando no se afrontan las cuestiones en sí mismas consideradas; cuando los razonamientos son puramente tácticos y falaces, y no se nutren sino del recurso perezoso a tópicos y consignas, la cuestión de la verdad se ha hecho irrelevante. No es que el poder cree la verdad –como pretende el Partido en la novela de Orwell–, sino que puede desentenderse de esta tarea totalitaria, porque, sencillamente, el hecho de que algo sea verdadero o falso ha perdido todo interés, lo cual abre una vía más cómoda hacia el totalitarismo”.

La ausencia de un debate serio de ideas da lugar a una batalla campal, donde los tópicos y los eslóganes sirven como armas arrojadizas. No importa si una idea es verdadera o falsa, “sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo (…); lo único que realmente cuenta es el peso de estas etiquetas, producidas por esa extraña mezcla de simpleza intelectual, afán de revancha y necesidad de redimirse”.

2.7.09

Tonos de Cyrano

Cyrano es un poeta y espadachín que expresa su amor por la bella Roxane por boca de Christian, el apuesto soldado a quien ella ama. Jactancioso y fanfarrón, de genio vivo pero a la vez ingenioso e irónico, noble y orgulloso, sobresaliente con la espada y brillantemente locuaz, Cyrano a su vez esconde una herida secreta que le atormenta una y otra vez: su amor por Roxane parece inalcanzable. Jean-Paul Rappeneau hizo en 1990 una magnífica versión cinematográfica. Copiamos uno de sus divertidos monólogos:


Eso es muy corto, joven; yo os abono que podíais variar bastante el tono. Por ejemplo:
Agresivo: «Si en mi cara tuviese tal nariz, me la amputara.»
Amistoso: «Se baña en vuestro vaso al beber, o un embudo usáis al caso?»
Descriptivo: «Es un cabo? ¿Una escollera? Mas ¿qué digo? ¡Si es una cordillera!»
Curioso: «De qué os sirve ese accesorio? ¿De alacena, de caja o de escritorio?»
Burlón: «Tanto a los pájaros amáis, que en el rostro una alcándara les dais?»
Brutal: «Podéis fumar sin que el vecino ¡Fuego en la chimenea! grite?»
Fino: «Para colgar las capas y sombreros esa percha muy útil ha de seros.»
Solícito: «Compradie una sombrilla: el sol ardiente su color mancilla.»
Previsor: «Tal nariz es un exceso: buscad a la cabeza contrapeso.»
Dramático: «Evitad riñas y enojo: si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo.»
Enfático: «Oh nariz!... ¿Qué vendaval te podría resfriar? Sólo el mistral.»
Pedantesco: «Aristófanes no cita más que a un ser sólo que con vos compita
en ostentar nariz de tanto vuelo: el Hipocampelephantocamelo.»
Respetuoso: «Señor, bésoos la mano: digna es vuestra nariz de un soberano.»
Ingenuo: «De qué hazaña o qué portento en memoria, se alzó este monumento?»
Lisonjero: «Nariz como la vuestra es para un perfumista lista muestra.»
Lírico: «Es una concha? ¿Sois tritón?»
Rústico: «Eso es nariz o es un melon?»
Militar: «Si a un castillo se acomete, aprontad la nariz: ¡terrible ariete!»
Práctico: «La ponéis en lotería? ¡El premio gordo esa nariz sería!»
Y finalmente, a Píramo imitando:
«Malhadada nariz, que, perturbando del rostro de tu dueño la armonía,
te sonroja tu propia villanía!».