28.2.09

¿Por qué el matrimonio es para siempre?

Nos parece interesante y clarificador este artículo de Montserrat Gas profesora del IESF, publicado en Mujer Nueva.


¿Somos libres de volar? No, porque la naturaleza no nos ha dotado de esa capacidad que, en cambio, tienen la mayoría de las aves. ¿Un médico puede dejar de serlo? Puede decidir no ejercer esa profesión, pero sus conocimientos de Medicina le acompañarán el resto de su vida. La realidad de lo que somos, y de cómo vamos forjando nuestra propia identidad con nuestra actuación libre, nos impone sus límites. Es bueno que sea así. Y es de sabios aceptarlo.

Lo mismo ocurre con el matrimonio. ¿Somos acaso libres de dejar de ser hijos de nuestros padres? No, porque se es hijo, y ésa es una identidad imborrable, que es para siempre. Nadie lo duda. Pero ¿y ser cónyuges? ¿Se puede dejar de ser marido o mujer? Según una visión hoy bastante difundida, la respuesta sería afirmativa: todos los días oímos hablar de ex-maridos o ex-mujeres, o simplemente, de los "ex". ¿Es esto realmente así? ¿O es más bien una forma de interpretar una realidad que puede resultar incómoda? Trataré de explicarme.

Lo que no es matrimonio

Para muchos el matrimonio no pasa de ser una relación creada por el Derecho o por la autoridad pública, un vínculo o lazo meramente "legal". El matrimonio sería una realidad creada por las leyes. En el matrimonio no serían las personas las que se vinculan entre ellas, sino que es la ley quien "crea" el lazo matrimonial entre los cónyuges, como algo externo y distinto de ellos, que no las implica personalmente.

Vistas así las cosas, sería lógico pensar que, en virtud de la misma autoridad, quien puede "casar" a dos personas, las puede también "descasar", es decir, puede deshacer esa relación creada por la ley. Por otro lado, muy a menudo se identifica el matrimonio con una relación sentimental. ¿Y qué son los sentimientos? Movimientos de la afectividad humana, por naturaleza volubles, que hoy son y mañana pueden dejar de ser. Cuando las relaciones humanas se basan exclusivamente en los sentimientos, son relaciones débiles, frágiles, caducas. Surgen con facilidad, pero se rompen con la misma rapidez con que nacen.

No hay más que echar una ojeada a las revistas del corazón para comprobar el fluctuar de lo que son simplemente "compañeros sentimentales". Lo que no dicen esas publicaciones es que detrás de esos continuos cambios de pareja hay una profunda, aunque a veces inconsciente, frustración. Lo que busca el corazón humano es amar y ser amado, y el anhelo del corazón es que ese amor sea estable y duradero. Pero esa estabilidad es imposible que se dé en una relación basada solamente en los sentimientos. (Ver texto completo)

27.2.09

Aprender a fracasar

Publicamos este artículo de Alfonso Aguiló, actualmente director del Colegio Tajamar (Madrid). Es Ingeniero de caminos y autor de numerosas publicaciones, entre las que se cuentan “Tu hijo de 10 a 12 años” (1992) (en 7ª edición), “Educar el carácter” (1992) (en 6ª edición), “Interrogantes en torno a la fe” (1994) (en 4ª edición), “La tolerancia” (1995) (en 4ª edición) y “Carácter y valía personal” (1998) (en 3ª edición).


"El éxito es aprender a ir de fracaso en fracaso sin desesperarse"
Winston Churchill.


Nadie puede decir que no fracasa nunca, o que fracasa pocas veces. El fracaso es algo que va ligado a la limitación de la condición humana, y lo normal es que todos los hombres lo constaten con frecuencia cada día. Por eso, los que puede decirse que triunfan en la vida no es porque no fracasen nunca, o lo hagan muy pocas veces: si triunfan es porque han aprendido a superar esos pequeños y constantes fracasos que van surgiendo, se quiera o no, en la vida de todo hombre normal. Los que, por el contrario, fracasan en la vida son aquellos que con cada pequeño fracaso, en vez de sacar experiencia, se van hundiendo un poco más.

Triunfar es aprender a fracasar. El éxito en la vida viene de saber afrontar las inevitables faltas de éxito del vivir de cada día. De esta curiosa paradoja depende en mucho el acierto en el vivir. Cada frustración, cada descalabro, cada contrariedad, cada desilusión, lleva consigo el germen de una infinidad de capacidades humanas desconocidas, sobre las que los espíritus pacientes y decididos han sabido ir edificando lo mejor de sus vidas.

Las dificultades de la vida juegan, en cierta manera, a nuestro favor. El fracaso hace lucir ante uno mismo la propia limitación y, al tiempo, nos brinda la oportunidad de superarnos, de dar lo mejor de nosotros mismos. Es así, en medio de un entorno en el que no todo nos viene dado, como se como se va curtiendo el carácter, como va adquiriendo fuerza y autenticidad. Sería una completa ingenuidad dejar que la vida se diluyera en una desesperada búsqueda de algo tan utópico como es el deseo de permanecer en un estado de euforia permanente, o de continuos sentimientos agradables. Quien pensara así, estaría casi siempre triste, se sentiría desgraciado, y los que le rodeen probablemente acabarían estándolo también. Como decía G. von Le Fort, "hay una dicha clara y otra oscura, pero el hombre incapaz de saborear la oscura, tampoco es capaz de saborear la clara".

Por eso, en la tarea de educar el propio carácter, o el de los hijos, es muy importante no caer en ninguna especie de neurosis perfeccionista. No se trata, por ejemplo, de educar a un hijo para que jamás suspenda o jamás rompa un plato, sino más bien para que se esmere en ser un buen estudiante y procure que no se le caiga el plato; y –sobre todo– para que sepa sacar fuerza de cada error y sea capaz de volver a estudiar con ilusión a pesar de un suspenso, o de recoger los pedazos del plato que se le ha caído. Porque errores los cometemos todos. La diferencia es que unos sacan de ellos enseñanza para el futuro y humildad, mientras que otros sólo obtienen amargura y pesimismo. El éxito, volvemos a repetir, está en la capacidad de superar los tropiezos con deportividad.

Da pena ver a personas inteligentes venirse abajo y abandonar una carrera o una oposición al primer suspenso; a chicos o chicas jóvenes que fracasan en su primer noviazgo y maldicen contra toda la humanidad; a aquellos otros que no pueden soportar un pequeño batacazo en su brillante carrera triunfadora en la amistad, o en lo afectivo, o en lo profesional, y se hunden miserablemente: el mayor de los fracasos suele ser dejar de hacer las cosas por miedo a fracasar.

25.2.09

Por una cultura de la vida

Publicamos una nueva colaboración de Ramiro Pellitero, Profesor del Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Universidad de Navarra:


Muchos que defienden la vida en sus inicios y en su final, y se preocupan, con razón, del terreno que van ganando el aborto y la eutanasia en algunos países, sin embargo no son conocidos por su defensa de la justicia social o por su compromiso a favor de los pobres y necesitados. Piensan quizá que no hay tantos (porque ellos comen tres veces al día y van calientes y en coche); o al contrario, que, como son muchísimos, sólo se puede hacer muy poco, y así se van conformando con hacer ese poco, quizá demasiado poco. Es claro –y con el Evangelio en la mano es evidente– que una cosa no va sin la otra, la protección de la vida naciente y la preocupación por la justicia social, pues la vida humana ha de ser protegida en toda su amplitud.
Benedicto XVI ha empleado, en su primera encíclica, la expresión “cultura de la vida” como opuesta a la anticultura de la muerte, en el sentido de promover la solidaridad y la generosidad con los otros.

Dos semanas más tarde, en enero de 2006, se refería a la anticultura de la muerte que se expresa en la crueldad y la violencia, el mundo ilusorio de la droga, la felicidad falsa, la mentira y el fraude, la injusticia y desprecio del otro, la falta de solidaridad y responsabilidad con respecto a los pobres y a los que sufren. Anticultura que se expresa también en la sexualidad vivida como pura diversión irresponsable que cosifica a las personas, que de por sí son dignas de un amor que pide fidelidad, y por tanto no pueden convertirse en mercancías, en meros objetos.
Y proponía tomar una postura firme: “A esta promesa de aparente felicidad, a esta ‘pompa’ de una vida aparente, que en realidad sólo es instrumento de muerte, a esta ‘anticultura’ le decimos ‘no’, para cultivar la cultura de la vida. Por eso, el ‘sí’ cristiano, desde los tiempos antiguos hasta hoy, es un gran ‘sí’ a la vida. Este es nuestro ‘sí’ a Cristo, el ‘sí’ al vencedor de la muerte y el ‘sí’ a la vida en el tiempo y en la eternidad”.

¿Cómo se expresa ese “sí” a Dios que es a la vez un sí a la vida humana? Pues en los diez mandamientos, que –explicaba el Papa– no son un paquete de prohibiciones, de "noes", sino que presentan una gran visión de la vida. Si se recorren uno a uno se percibe que son un sí a Dios y a la familia, a la vida y al amor responsable, a la solidaridad, la responsabilidad social y la justicia, a la verdad y al respeto del otro y de lo que le pertenece. En definitiva: son un “sí” a la verdadera vida que se nos da con el bautismo y con la eucaristía.
Al mes siguiente (febrero de 2006) volvía a insistir en que la cultura de la vida se basa en la atención a los demás, sin exclusiones o discriminaciones. “Toda vida humana, en cuanto tal, merece y exige ser defendida y promovida siempre”. El hedonismo de las sociedades del bienestar exalta la vida mientras es agradable, pero rebaja el cuidado y el respeto cuando está enferma o experimenta la discapacidad. Desde la coherencia del Evangelio se hace preciso, y posible, servir eficazmente a la vida, “tanto a la naciente como a la que está marcada por la marginación o el sufrimiento, especialmente en su fase terminal”. En la catedral de San Patricio (Nueva York), en abril de 2008, confirmó que los cristianos estamos llamados a proclamar el don de la vida, proteger la vida y promover una cultura de la vida, que va unida a “la alegría que nace de la fe y de la experiencia del amor de Dios”.
Parece llegado, por eso, el tiempo en que los “pro vida” promuevan también la justicia social, y que los defensores de la justicia se preocupen por los no nacidos y los que se ven amenazados por su debilidad o ancianidad. Quizá se responda que no se llega a todo, que en el propio grupo se encuentran las dificultades. Pero lo cortés no quita lo valiente. Sobre todo de los cristianos, y más en tiempos de crisis, se espera esa valentía.

24.2.09

Grandes pensadores: Kierkegaard

Distintos autores protagonizan la reacción anti-hegeliana. Desde el planteamiento cristiano destaca Soren Kierkegaard (1813 - 1855), que trata de recuperar la supremacía de la fe sobre la razón. Enfrentándose a Hegel vuelve a colocar en el centro de la atención antropológica al individuo singular, pero no al individuo autónomo que propondrá el liberalismo, sino al individuo que encuentra el sentido de su existencia al saberse delante de Dios. Carlos Goñi ha resumido bien el pensamiento de este autor:

Una de las doctrinas más populares del pensador danés es la que hace referencia a los estadios en el camino de la vida. Kierkegaard diferencia tres esferas en la existencia humana:

a. El estadio estético: El hombre estético vive en la inmediatez, busca el instante placentero, es hedonista, vive pegado a las cosas, no se compromete con nada ni con nadie. El esteta está representado por el alma romántica: Don Juan. El esteta desespera necesariamente ante la imposibilidad de encontrar la eternidad en el instante. la única forma de huir del tedio, la inquietud y la inestabilidad propios de esta esfera es optar por una vida ética auténtica.

b. El estadio ético: El hombre ético está instalado en lo general. Actúa como todo el mundo. Es el hombre del compromiso matrimonial. El matrimonio refleja claramente esta esfera en que se recupera la sensibilidad estética en un orden más elevado y racional, representa la realización concreta del ideal ético, donde las demandas estéticas legítimas pueden ser llevadas a su plenitud. La existencia ética aporta a la esfera estética un bien del que ésta carecía: la libertad El hombre auténticamente libre no es el esteta, que vive esclavizado por los placeres, sino el hombre ético que es capaz de escoger responsablemente. Pero cuando la ética tiene que afrontar el problema del pecado, surge en el alma del hombre “un temblor de tierra” el arrepentimiento, que le “obliga” a optar por una esfera superior. Ante el pecado el hombre se queda «solo ante Dios», la universalidad de la moral ya no puede ayudarle.

c. El estadio religioso: El hombre religioso, el Singular, la excepción ética, ha hecho una elección absoluta por el absoluto. No lo ha elegido entre otros absolutos, sino que en cierto modo ha sido él el elegido. El oriente de su vida es Dios, y su única arma la fe. Ha escogido el absurdo, la paradoja. Ha renegado de la Razón. Por eso se encuentra solo, «solo ante Dios». Sin embargo, hay que tener en cuenta que esto no supone eliminar la ética, sino, más bien, elevarla a un plano trascendente. Kierkegaard pensaba que el estadio religioso conservaba todo lo que de legítimo hay en el estético y el ético. Además el verdadero «o lo uno o lo otro» es una alternativa entre la vida estética y la vida ético-religiosa, es decir, parece que Kierkegaard pensaba en una ética elevada a la trascendencia. (Ver texto completo)

22.2.09

Una supermodelo habla de fidelidad

La supermodelo Kim Alexis comparte sus pensamientos sobre el respeto a sí misma, las relaciones sexuales, su vida y su matrimonio. Kim habla sobre el autorespeto y sobre cómo abstenerse de las relaciones sexuales antes del matrimonio:


Cuando somos jóvenes, una de las emociones más frágiles es el respeto a nosotros mismos. Recuerda que los demás te tratan de acuerdo a como sientan que tú te tratas a ti mismo. Lo que quiero decir es que si te sientes bien contigo mismo, otros, naturalmente, te tratarán con respeto. Procuramos ganar respeto o mantener el que ya tenemos, de muchas maneras. Las relaciones sexuales antes del matrimonio nos hacen perder el respeto a nosotros mismos. Dios nos dio ciertas normas de vida para que podamos ser felices. Las relaciones sexuales antes del matrimonio siempre causan sufrimientos y serias consecuencias.

Los jóvenes necesitan comprender que deben decir “NO” a las relaciones sexuales antes del matrimonio porque son un mal y tienen serias consecuencias. Una de ellas puede ser el embarazo no deseado y desgraciadamente muchas mujeres toman la pésima decisión de abortar. En la Biblia dice que cuando dos personas se unen en matrimonio, se hacen una sola carne; la razón de esto es la unión de sus cuerpos. Compartir tu cuerpo con alguien a quien no conoces bien, o aún con alguien a a quien quieres mucho, pero con quien aún no te has casado -es malo, porque Dios dice que deben reservar el acto sexual para el matrimonio. Todos debemos temer obrar mal, tener temor al Dios Todopoderoso.

Yo creo que nuestro país necesita tener más amor y compasión por todos los niños. Toda vida es valiosa y es un regalo de Dios. El embarazo no es algo que “simplemente sucede”. Es un don de Dios. Pienso que es el mismo Dios el que nos dice: “Muy bien. Ustedes son lo suficientemente responsables para criar esta nueva vida que Yo, Dios, voy a darles”. Y para la gente que no puede concebir niños, Dios puede estar pidiendo una respuesta aún más generosa: adoptar y criar un niño.

Lo que piensa Kim sobre el matrimonio

Yo comprendo que mi matrimonio es precioso y necesita ser conservado. No tengo ninguna intención de serle infiel a mi esposo porque sé que sería un error y porque siendo fiel, me mantengo lejos del mundo del dolor y el sufrimiento. Mi matrimonio sólido y mi caminar con El Señor son las bases de mi felicidad. Cuando dedico mi tiempo a trabajar en mi matrimonio y conversar con mi esposo, me siento muy feliz y este gozo se vierte sobre otras relaciones. Esto me capacita para tener grandes relaciones con mis hijos y con las personas con quienes trabajo.

Mi esposo tiene las cualidades enumeradas en Gálatas 5.22: amabilidad, bondad, gentileza, auto-control y fidelidad. Tiene también verdadero amor por los niños y lucha por la verdad en todas las situaciones. Un matrimonio sano necesita tener a Dios en el centro del hogar. “Maridos, amad a vuestras esposas como a vosotros mismos, y esposas someteos a vuestros maridos”. Mis tareas como esposa y madre son mucho más importantes que mi carrera. Ellas tienen la prioridad. Pienso primero que todo en ellas antes de aceptar un trabajo.

La imagen de Kim Alexis ha aparecido en la portada de más de 500 revistas en todo el mundo como una de las principales súper modelos de EE.UU. Ella fue la Editora de modas del programa de TV “Buenos días América” durante tres años, e hizo de anfitriona en su propio show “Niños saludables”, en la cadena de TV de la familia, Apareció como estrella invitada en la serie ABC de televisión, “The Commish”. En su último libro “A Model on a Better Future” (“Una modelo habla sobre un Futuro Mejor”), Kim comparte sus convicciones y pensamientos acerca de cómo combatir la contaminación moral que afecta a las familias, a la comunidad y a la nación. Kim y su esposo Ron Duguay, un ex-jugador del NHL, viven en la Florida con sus cinco hijos.

21.2.09

Severn Suzuki : La niña que silenció al mundo

El 3 de junio de 1992 (hace 17 años ) una niña de 12 años llamada Severn Suzuki fundó ECO ( Environmental Childrens Organization ) con un grupo de amigos se presento en La Cumbre de la Tierra, unas conferencias de la ONU en Río de Janeiro. Su breve discurso de 6 minutos impactó al mundo.

20.2.09

La idea de Dios

He visto que se habla mucho de Dios últimamente, como consecuencia de las campañas en pro del ateísmo, pero me parece que sería conveniente distinguir entre Dios y la idea de Dios.


¿Cuál es la diferencia entre Dios y la idea de Dios? Es que la idea no tiene existencia propia. La idea no existe; ¡Dios sí existe! Es una diferencia infinita. En los profetas, el nombre divino «Yo existo», revelado a Moisés en la zarza ardiendo, se usa con frecuencia para marcar la diferencia entre Yavé y los ídolos (cf Is 42,8; 45,18). Es como si Dios quisiera decir: «Yo existo realmente y hago existir; no soy un dios inerte y sin consistencia, como los ídolos de los pueblos».
Otra diferencia entre Dios y la idea de Dios es que Dios vivo no hay más que uno, mientras que ideas de Dios hay tantas como personas que piensan en Dios o especulan sobre él. La persona es una sola, pero las fotos o los retratos de ella pueden ser infinitos. Dios es el todo, mientras que la idea representa siempre una pequeña parte, y sólo eso.

El Dios vivo es un Dios que te «examina», al mismo tiempo que tú lo examinas; que conoce tus pensamientos antes incluso de que se formen (cf Sal 139,1ss). La idea de Dios no puede hacer nada de esto. El Dios vivo no se puede dominar ni comprender; la idea de Dios –incluso la idea del Dios vivo– sí.

Esta distinción entre la realidad y la idea de Dios, remite en cierto sentido a la diferencia entre el Dios vivo y el «Dios de los filósofos». Lo explica bien Raniero Cantalamessa diciendo: “Tanto al Dios vivo como al Dios de los filósofos se le llama Dios de alguien. Al Dios vivo se le llama «Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob»; al Dios de los filósofos se le llama Dios de Descartes, de Kant, de Hegel... Pero se trata de dos maneras de hablar completamente distintas. En el primer caso, Dios es sujeto, en el segundo es objeto; el primero es un genitivo subjetivo, el segundo un genitivo objetivo. En el primer caso se trata del Dios que se ha revelado a Abrahán, que lo ha elegido: aquí es Dios el protagonista, no Abrahán. En el segundo, se trata del Dios que Descartes, Kant o Hegel han pensado, del que han hablado. El filósofo y no Dios es el protagonista. Hay una buena diferencia”.

«El Dios de los filósofos y de los sabios –ha escrito Blondel– es el ente de razón, que se alcanza y sobre el que se teoriza con un método intelectual, que se considera como principio de explicación o de existencia, que el hombre tiene la presunción de definir e incluso de influir en él, como si se tratara de un objeto que poseyera en la representación que se hace de él. El Dios de Abrahán es el ser misterioso y bueno que revela libremente algo de sus insondables perfecciones, al que no se llega sólo con la inteligencia, en el que se reconoce de hecho una realidad íntima, que sobrepasa nuestras capacidades naturales y ante el cual el principio de la sabiduría sólo puede ser el temor y la humildad. Al mismo tiempo, sin embargo, es el Dios que, revelando al hombre los secretos de su vida, lo hace partícipe de su misma divinidad, lo llama a cambiar su natural condición servil de criatura por una amistad, por una adopción filial sobrenatural, le manda amarlo, y no se da sino a quien se da a él».

19.2.09

La popularidad de Obama

Apoyar el aborto es la medida más impopular que ha tomado Obama:

Gallup ha realizado entre los días 30 de enero y 1 de febrero una encuesta telefónica acerca de las siete principales decisiones tomadas por el presidente Barack Obama en los diez primeros días de su mandato. Tres de cada cuatro consultados (76%) aprueban el nombramiento de enviados especiales a Afganistán, Pakistán y Oriente Próximo, así como el establecimiento de criterios éticos más rigurosos para el personal que trabaja en la Administración. En proporción casi igual (74%), los estadounidenses alaban los límites impuestos a las técnicas de interrogatorio a prisioneros y la orden para que los automóviles contaminen menos. Dos de cada tres encuestados están a favor de la ley que facilita las demandas por discriminación laboral. En cambio, el levantamiento del veto a la financiación federal para organizaciones que promueven el aborto sólo obtiene el apoyo del 35% de los encuestados. Es la medida más impopular de las siete, con un 58% de opiniones contrarias.

18.2.09

Pérdida y recuperación del pelo

El pasado día 12 se cumplió el 25º aniversario de la muerte de Julio Cortázar. Como pequeño homenaje publicamos este relato tomado de su obra "Historia de cronopios y de famas"


Para luchar contra el pragmatismo y la horrible tendencia a la consecución de fines útiles, mi primo el mayor propugna el procedimiento de sacarse un buen pelo de la cabeza, hacerle un nudo en el medio y dejarlo caer suavemente por el agujero del lavabo. Si este pelo se engancha en la rejilla que suele cundir en dichos agujeros, bastará abrir un poco la canilla para que se pierda de vista. Sin malgastar un instante, hay que iniciar la tarea de recuperación del pelo. La primera operación se reduce a desmontar el sifón del lavabo para ver si el pelo se ha enganchado en alguna de las rugosidades del caño. Si no se lo encuentra, hay que poner en descubierto el tramo de caño que va del sifón a la cañería de desagüe principal. Es seguro que en esta parte aparecerán muchos pelos, y habrá que contar con la ayuda del resto de la familia para examinarlos uno a uno en busca del nudo. Si no aparece, se planteará el interesante problema de romper la cañería hasta la planta baja, pero esto significa un esfuerzo mayor, pues durante ocho o diez años habrá que trabajar en algún ministerio o casa de comercio para reunir el dinero que permita comprar los cuatro departamentos situados debajo del de mi primo el mayor, todo ello con la desventaja extraordinaria de que mientras se trabaja durante esos ocho o diez años no se podrá evitar la penosa sensación de que el pelo ya no está en la cañería y que sólo por una remota casualidad permanece enganchado en alguna saliente herrumbrada del caño. Llegará el día en que podamos romper los caños de todos los departamentos, y durante meses viviremos rodeados de palanganas y otros recipientes llenos de pelos mojados, así como de asistentes y mendigos a los que pagaremos generosamente para que busquen, separen, clasifiquen y nos traigan los pelos posibles a fin de alcanzar la deseada certidumbre. Si el pelo no aparece, entraremos en una etapa mucho más vaga y complicada, porque el tramo siguiente nos lleva a las cloacas mayores de la ciudad. Luego de comprar un traje especial, aprenderemos a deslizarnos por las alcantarillas a altas horas de la noche, armados de una linterna poderosa y una máscara de oxígeno, y exploraremos las galerías menores y mayores, ayudados si es posible por individuos del hampa, con quienes habremos trabado relación y a los que tendremos que dar gran parte del dinero que de día ganamos en un ministerio o una casa de comercio. Con mucha frecuencia tendremos la impresión de haber llegado al término de la tarea, porque encontraremos pelo (o nos traerán) pelos semejantes al que buscamos; pero como no se sabe de ningún caso en que un pelo tenga un nudo en el medio sin intervención de mano humana, acabaremos casi siempre por comprobar que el nudo en cuestión es un simple engrosamiento del calibre del pelo (aunque tampoco sabemos de ningún caso parecido) o un depósito de algún silicato u óxido cualquiera producido por una larga permanencia en una superficie húmeda. Es probable que avancemos así por diversos tramos de cañerías menores y mayores, hasta llegar a ese sitio donde ya nadie se decidirá a penetrar: el caño maestro enfilado en dirección al río, la reunión torrentosa de los detritos en la que ningún dinero, ninguna barca, ningún soborno nos permitirán continuar la búsqueda. Pero antes de eso, y quizá mucho antes, por ejemplo a pocos centímetros de la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la primera cañería subterránea, puede suceder que encontremos el pelo. Basta pensar en la alegría que eso nos producirá, en el asombrado cálculo de los esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.

16.2.09

Sobre el sentido del dolor

Reproducimos en artículo de José Luis Martín Descalzo titulada “Reflexiones de un enfermo en torno al dolor". Fue publicado en “Alfa y Omega” el 11 de mayo de 1996


El dolor es un misterio. Hay que acercarse a él de puntillas y sabiendo que, después de muchas palabras, el misterio seguirá estando ahí hasta que el mundo acabe. Tenemos que acercarnos con delicadeza, como un cirujano ante una herida. Y con realismo, sin que bellas consideraciones poéticas nos impidan ver su tremenda realidad.

La primera consideración que yo haría es la de la «cantidad» de dolor que hay en el mundo. Después de tantos siglos de ciencia, el hombre apenas ha logrado disminuir en unos pocos centímetros las montañas del dolor. Y en muchos aspectos la cantidad del dolor aumenta. Se preguntaba Péguy: ¿Creemos acaso que la Humanidad esta sufriendo cada vez menos? ¿Creéis que el padre que ve a su hijo enfermo hoy sufre menos que otro padre del siglo XVI? ¿Creéis que los hombres se van haciendo menos viejos que hace cuatro siglos? ¿Que la Humanidad tiene ahora menos capacidad para ser desgraciada?

Los medios de comunicación nos hacen comprender mejor el tamaño de esa montaña del dolor. El hombre del siglo XIV conocía el dolor de sus doscientos o de sus diez mil convecinos, pero no tenía ni idea de lo que se sufría en la nación vecina o en otros continentes. Hoy, afortunada o desgraciadamente, nos han abierto los ojos y sabemos el número de muertos o asesinados que hubo ayer. Sabemos que 40 millones de personas mueren de hambre al año. Y hoy se lucha más que nunca contra el dolor y la enfermedad... Pero no parece que la gran montaña del dolor disminuya. Cuando hemos derrotado una enfermedad, aparecen otras nuevas que ni sospechábamos (cómo olvidar el SIDA?) que toman el puesto de las derrotadas. En la España de hoy, y a esta misma hora, hay tres millones de españoles enfermos. Y diez millones pasan cada año por dolencias más o menos graves. Pero el resto de sus compatriotas (y de sus familiares) prefiere vivir como si estos enfermos no existieran. Se dedican a vivir sus vidas y piensan que ya se plantearán el problema cuando «les toque» a ellos.

Sabemos muy poco del dolor y menos aún de su porqué. ¿Por qué, si Dios es bueno, acepta que un muchacho se mate la víspera de su boda, dejando destruidos a los suyos? ¿Por qué sufren los niños inocentes? Nosotros, cristianos, debemos ser prudentes al responder a estas preguntas que destrozan el alma de media Humanidad. ¿Quién ignora que muchas crisis de fe se producen al encontrarse con el topetazo del dolor o de la muerte? ¿Cuántos millares de personas se vuelven hoy a Dios para gritarle por qué ha tolerado el dolor o la muerte de un ser querido? (...)

El hombre tiene en sus manos esa opción de conseguir que su propio dolor y el de sus prójimos se convierta en vinagre o en vino generoso. Yo he comprobado aquella frase de León Bloy que aseguraba que en el corazón del hombre hay muchas cavidades que desconocemos hasta que viene el dolor a descubrírnoslas. Así puedo afirmar que el dolor es, probablemente, lo mejor que me ha dado la vida y que, siendo en sí una experiencia peligrosa, se ha convertido más en un acicate que en un freno.

Pase lo que pase, a lo que tú no tienes derecho es a desperdiciar tu vida, a rebajarla, a creer que, porque estás enfermo, tienes ya una disculpa para no cumplir tu deber o para amargar a los que te rodean. Debes considerar la enfermedad como un handicap, como un «reto», como una nueva forma para testimoniar tu fe y realizar tu vida. Has de buscar todos los modos para sacar todo lo positivo que haya en la enfermedad y así rentabilizar más tu vida. Lo verdaderamente grave de la enfermedad es cuando ésta se alarga y se alarga. Un dolor corto, por intenso que sea, no es difícil de sobrellevar. Lo verdaderamente difícil es cuando ese camino de la cruz dura años, y peor aún si se vive con poca o ninguna esperanza de curación en lo humano.

Sólo la gracia de Dios ha podido mantenerme alegre en estos años. Y confieso haberla experimentado casi como una mano que me acariciase. Dios no me ha fallado en momento alguno. Yo llamaría milagro al hecho de que en casi todas las horas oscuras siempre llegaba una carta, una llamada telefónica, un encuentro casual en una calle, que me ayudaba a recuperar la calma. Confieso con gozo que nunca me sentí tan querido como en estos años. Y subrayo esto porque sé muy bien que muchos otros enfermos no han tenido ni tienen en esto la suerte que yo tengo. (Ver texto completo)

14.2.09

Aborto por violación

La hija de una chica violada opina sobre el aborto



duración, 2:06 min.

13.2.09

La moral sexual en C. S. Lewis

Ya hemos hablado en este blog del conocido escritor inglés y profesor de Oxford C.S. Lewis. Reproducimos ahora otro capítulo de su obra "Mero Cristianismo": La moral sexual.


Debemos considerar ahora la moral cristiana en lo que respecta al sexo: lo que los cristianos llaman la virtud de la castidad. La regla cristiana de la castidad no debe ser confundida con la regla social de la «modestia» (en un sentido de la palabra), entendida como buena crianza o decencia. La regla social de la decencia establece qué porción del cuerpo humano debería ser enseñada y a qué temas debe referirse, y qué palabras deben usarse, según las costumbres de un cierto círculo social. Así, mientras que la regla de castidad es la misma para todos los cristianos de todos los tiempos, la regla de la decencia cambia. Una muchacha de una isla del Pacífico que apenas lleva ropa encima y una dama victoriana completamente cubierta de ropa podrían ser igualmente «modestas» o decentes, según las normas de la sociedad en que viven, y ambas, por lo que podamos saber de su indumentaria, podrían ser igualmente castas (o igualmente impuras). Parte del lenguaje que utilizaban las mujeres castas en la época de Shakespeare habría sido utilizado en el siglo XIX sólo por mujeres totalmente licenciosas. Cuando las gentes transgreden las reglas de la decencia común de su época y lugar, si lo hacen para excitar la lujuria en ellos mismos o en los demás, están pecando contra la castidad. Pero si las transgreden por ignorancia o descuido sólo son culpables de mala educación. Cuando, como ocurre a menudo, las transgreden como un desafío para escandalizar o avergonzar a los demás, no están actuando en contra de la castidad sino de la caridad: ya que es poco caritativo complacerse con la incomodidad de los demás. Yo no creo que unas reglas de la decencia muy estrictas o puntillosas sean prueba de castidad o ayuden a ella, y por lo tanto considero que la gran relajación y simplificación de esas reglas que ha tenido lugar en la época en que vivo son una buena cosa. En el momento actual, sin embargo, esto tiene el inconveniente de que personas de diferentes tipos y edades no reconocen todas el mismo patrón, y no sabemos dónde nos encontramos. Mientras dure esta confusión opino que la gente mayor, o los más anticuados, deberían cuidarse de no asumir que los jóvenes o los «emancipados» son corruptos cuando su conducta es impropia (según las antiguas normas); y que, a su vez, los jóvenes no deberían llamar puritanos a sus mayores porque no adoptan las nuevas normas con facilidad. Un auténtico deseo de creer todo lo bueno que se pueda de los demás y hacer que se sientan lo más cómodos posible resolverá la mayor parte de los problemas.

La castidad es la menos popular de las virtudes cristianas. No hay manera de evitarla: la antigua norma cristiana es «O boda, con fidelidad absoluta a la pareja, o la abstinencia total». Esto es tan difícil y tan contrario a nuestros instintos que, evidentemente, o el cristianismo se equivoca o nuestro instinto sexual, tal como es en la actualidad, se ha desvirtuado. Una de dos. Naturalmente, siendo cristiano, creo que es el instinto lo que se ha desvirtuado. Pero tengo otras razones para pensar así. La finalidad biológica del sexo es la procreación, del mismo modo que el fin biológico de comer es restaurar el cuerpo. Pero si comemos cada vez que nos venga en gana y todo cuanto queramos, es indudable que la mayoría de nosotros comerá en exceso, aunque no es un exceso irreparable. Un hombre puede comer por dos, pero no puede comer por diez. El apetito va un poco más allá de su finalidad biológica, pero no enormemente. Pero si un hombre joven y sano satisfaciera su apetito sexual cada vez que se sintiera inclinado a ello, y si cada uno de sus actos produjera un hijo, en diez años podría poblar con facilidad una pequeña villa. Este apetito está en absurda y excesiva desproporción con su función.

O considerémoslo de otra manera. Podemos reunir un público considerable para un número de "strip-tease"; es decir, para contemplar cómo una mujer se desnuda en un escenario. Supongamos que llegamos a un país donde podría llenarse un teatro sencillamente presentando en un escenario una fuente cubierta, y luego levantando lentamente la tapa para dejar que todos vieran, justo antes de que se apagasen las luces, que esta contenía una chuleta de cordero o una loncha de tocino, ¿no pensaríais que en ese país algo se había desvirtuado en lo que respecta al apetito por la comida? ¿Y no pensaría alguien que hubiese crecido en un mundo diferente que algo igualmente extraño ha ocurrido en lo que respecta al instinto sexual entre nosotros? (Ver texto completo)

11.2.09

Defensa de la intimidad

Gracias a la página Interrogantes.net rescatamos un antiguo artículo del profesor Ricardo Yepes titulado "La elegancia, algo más que buenas maneras". De ahí extraemos esta sugerente reflexión sobre la intimidad:


La vergüenza se suscita por la presencia en nosotros de algo que consideramos indecoroso, y en definitiva malo. Sin embargo, aparece ya en este sentimiento un elemento más positivo: "sentir vergüenza es sentirse visto de un modo dolorosamente disminuido. La vergüenza revela el yo interior, y lo expone a la vista". Este "sentirse visto" produce una reacción espontánea por "la elevada visibilidad del yo": la "urgencia de esconderse, de desaparecer". "La experiencia de parecer transparente se crea precisamente por la sensación de estar expuesto que es inherente a la vergüenza", continúa Kaufman.

Cuando uno se siente desposeído sin su permiso de algo íntimo que pasa a ser públicamente enseñado, siente vergüenza, e incluso rabia. Sin embargo, en el sentirnos sin quererlo indebidamente "transparentes" ante los demás está operando ya ese segundo sentimiento que insinuábamos: el pudor, la inclinación a poner la intimidad a cubierto de miradas extrañas. El pudor es el gesto y la reacción espontánea de protección de lo íntimo que precede a la vergüenza y le da a ésta un sentido positivo de preservación. Tiene por eso una fuerte relación con la dignidad, pues acentúa la reserva de la intimidad, nos hace poseerla más intensamente, ser más dueños de nosotros mismos. El pudor es una manifestación de la libertad humana aplicada al propio cuerpo. Autodominio significa dignidad porque implica libertad, y ésta significa ante todo ser dueño de uno mismo. El pudor es algo así como la expresión corporal espontánea del conocido derecho jurídico a la intimidad y a la propia dignidad.

Por todo ello, la manera quizá más grave de desposeer a las personas de su dignidad intrínseca es violar su intimidad, es decir, horadarla y forzarles a manifestarla contra su voluntad, aún por medio de la coacción física o psicológica: exponerlas a la vergüenza pública y privarlas de seguir siendo dueñas y señoras de aquello que es sólo suyo: lo íntimo. Una persona violada queda reducida a la esclavitud y a una gravísima vergüenza ante sí misma: tiene dentro de sí la presencia invasora y violenta de lo extraño.

El pudor, al proteger y mantener latente nuestra intimidad (éste es su objeto), aumenta el carácter libre de la manifestación hacia fuera de lo que somos y tenemos. Lo íntimo es libremente donado porque es previamente poseído. El pudoroso es más dueño de sí, valora más el don posible de su interioridad. Incluso más la cela cuanto más rica es. El pudor es entonces el amor a la propia intimidad, la inclinación a mantener latente lo que no debe ser mostrado, a callar lo que no debe ser dicho, a reservar a su verdadero dueño el don y el secreto que no deben ser comunicados más que a aquel a quien uno ama. Amar, no se olvide, es donar la propia intimidad. Por eso ante el amado somos, deberíamos ser, transparentes y auténticos siempre.

Es bien sabido que la intimidad define radicalmente a la persona y que ésta es una peculiarísima y fascinante dualidad de habla y silencio, de opacidad y transparencia, de interioridad y exterioridad. La transparencia pública y total significaría, en este caso, perder toda interioridad. Esto no sólo es ofensivo para la persona, sino también imposible. La interioridad es tal porque en ella algo queda latente y silenciado para la exterioridad. El ser íntimo e irrepetible de la persona puede iluminar con su presencia unos ojos o un rostro que se vuelven transparentes y dejan ver ese fondo interior y único que a ellos se asoma. Pero ese ser siempre queda más allá, nunca es del todo exteriorizable, siempre se reserva a sí mismo para seguir iluminando ese rostro, para seguir amando a través de la mirada. El pudor es el cerrojo que abre y cierra desde dentro el umbral por el que accedemos a la persona: no somos dueños del abrir y del cerrar del otro. Es algo que se nos da, si está justificado que se nos dé, y no podemos forzarlo; si lo hacemos estamos horadando un territorio que no nos pertenece. Si él nos invita desde el umbral, hemos de suponer que es una llamada verdadera, y que su salir pudoroso a buscarnos franquea verdaderamente la entrada a esa intimidad en la que somos invitados a habitar por vez primera.

Sin embargo, cabe preguntar: ¿hasta dónde llegan las puertas de lo íntimo? El pudor se extiende tanto como se extienden éstas. Apenas es preciso decir que el pudor incluye no sólo la interioridad espiritual o psíquica, sino también el cuerpo, pues él y cuanto a él se refiere forma parte de nuestra intimidad: el vestido, las acciones, los gestos y movimientos corporales (comer, limpiarse, etcétera). El pudor se extiende también a la casa y en general al lenguaje manifestativo, pues ambos son ámbitos de expresión de lo íntimo, siendo éste el lugar donde la persona habita consigo misma.

Por ser el cuerpo parte de la intimidad, el pudor se muestra entonces como resistencia a la desnudez, como una invitación a buscar a la persona más allá de su cuerpo (Campanini). Mediante el acto y el gesto pudoroso, tan cercano aquí a la vergüenza, la persona expresa una negativa a que su cuerpo sea tomado, por así decir, sin la persona que lo posee, como una simple cosa, como un instrumento u objeto de deseo para el que mira impúdica o curiosamente. El acto de pudor es, en el fondo, una petición de reconocimiento, como si quien es así mirado o deseado dijera: "No me tomes por lo que de mí ves descubierto; tómame a mí, como persona".

10.2.09

No matarás

La muerte por inanición de la joven Eluana ha sido sospechosamente rápida. Parece evidente que ha sido utilizada como referente en el debate en pro de la legalización de la eutanasia.


Supuestos argumentos “humanitarios” han precipitado su muerte. En el aire quedan muchas preguntas inquietantes y una cuestión de fondo: ¿vamos camino de una sociedad en la que una vida que deja de ser útil o productiva se considera indigna de ser vivida? En mi opinión nuestra sociedad tiende a hacer demasiadas excepciones al precepto “no matarás”. La senadora Emma Bonino afirmaba recientemente: “Una cosa es decir `yo no lo haría nunca´ y otra decir `tú no lo puedes hacer nunca´”. He de discrepar en esto. Me parece urgente ponernos de acuerdo en que, ante el “no matarás” se pueda decir siempre: tú no lo puedes hacer nunca.

Se que muchos pensarán que hay situaciones muy duras en las que una persona puede decidir que la vida así no es digna. ¿Quiere esto decir que la vida de todos los enfermos terminales es indigna y debe ser eliminada? Sería una afirmación muy cruda… Pero si la dignidad depende de la percepción del enfermo, entonces es subjetiva. Cualquiera podría decidir cuándo y en qué condiciones su vida es indigna. Por lo tanto, la sociedad debería dejar de intentar prevenir los suicidios y de luchar, por ejemplo, contra la anorexia, pues una persona podría decidir que su vida con cinco kilos de más es indigna, y suicidarse lentamente.

Dejando aparte las dudas sobre la libertad al pedir la eutanasia, la cuestión no se basa en que la eutanasia fuera voluntaria o no, sino en que cualquier eutanasia supone acabar con una vida porque se considera indigna. Si se admite que alguien pueda decidir eso sobre su propia vida, pronto pasarán a poder decidirlo los familiares, o los médicos. O los gestores del Gobierno, que quieren recortar gastos. Entonces morir se puede convertir en un deber, como pide la baronesa Warnock, bioeticista inglesa, para ancianos con demencia, que "malgastan la vida de la gente y los recursos" del sistema sanitario. El actor y activista de izquierdas Martin Sheen (protagonista de “El ala oeste de la Casa Blanca"), ante el referéndum que ha legalizado el suicidio asistido en el Estado de Washington, advirtió en un anuncio de radio de que perjudicaría a las personas con pocos ingresos, a los que, en vez de financiarles los tratamientos, "se animaría a elegir el suicidio asistido". Los enfermos con cáncer de Oregón están descubriendo que el sistema sanitario no cubre sus tratamientos, pero sí el suicidio asistido.

añadimos el impresionante testimonio de una de la religiosas que cuidaban de Eluana.

8.2.09

El espacio narrativo de Tintín

En el centenario de Hergé. Fernando Zaparaín Hernández, Profesor Titular de Proyectos Arquitectónicos (Valladolid) escribía este interesante estudio sobre la estética de Tintín que ahora publicamos.


Deprisa, deprisa... Así continúa moviéndose por nuestras ciudades el famoso personaje de Hergé, en el centenario convencional de su creador. Si lo seguimos, a lo largo de este análisis podremos comprobar cómo en los cómics de Tintín, las viñetas definen un espacio, aunque más tarde, ese espacio ayudará a construir las viñetas hasta convertirse en poderoso instrumento narrativo.

La historia construye un espacio
Al principio Hergé parece optar por una ciudad sucinta, próxima a un escenario tridimensional abstracto con paredes y suelos continuos sin despieces, sobre los que poder expresar la línea clara que había elegido para sus personajes-silueta, de colores homogéneos y sombras negras. Y eso a pesar de que ya las primeras aventuras tenían vocación de localizarse en unas coordenadas temporales y físicas concretas, como los Estados Unidos de la Ley seca. Sería esta intención de verosimilitud la que llevaría a un progresivo esfuerzo de documentación, cuya consolidación suele situarse en El Loto Azul. Sus detalladas reproducciones de la Manchuria ocupada por los japoneses demostraron que el contorno no perdía fuerza en medio de prolijos elementos de atrezzo oriental, en contraste con la ingenuidad de las escenas orientales de la versión inicial de Los cigarros del faraón, el álbum anterior.

Entre la lista de entornos urbanos recreados con fruición destaca la Ginebra del asunto Tornasol, fondo aparentemente secundario de una trama de la guerra fría. Un simple trayecto en taxi de los protagonistas se traduce en una intensa viñeta con gente en el tranvía, anuncios, señales de tráfico y edificios reconocibles. Todavía más presente está en nuestra memoria Klow, la capital de Syldavia, balcánica, provinciana y monumental, con sus folletos de turismo y un papel en la historia europea. El país enemigo por excelencia, Borduria, también cuenta con inolvidables escenas urbanas en Szohôd que reflejan el tedio de la monumentalidad comunista y la paranoia de un dictador que exige la reproducción de su augusto bigote por todas partes. Un ejercicio divertido sería contar el número de veces que aparece este emblema mientras se recorren las calles inventadas.

Tintín no es el héroe de cómic americano con poderes especiales, ni el científico-ingeniero decimonónico que pobló las historias de Verne. Tampoco es el aristócrata de Walter Scott, ni el pionero de London o Melville. Hergé creó un personaje aparentemente gris y anodino, un habitante tipo de la ciudad europea de entreguerras, pero lo introdujo en la piel del periodista independiente, paradigma del ansia de verdad y la lucha contra los grupos modernos de poder. Y situó el arranque de sus escapadas planetarias en las calles convencionales de una Bruselas nunca mencionada pero siempre presente en los ingeniosos giros del dialecto local y en sus avenidas racionalistas. (Ver texto completo)

6.2.09

Interrupción voluntaria del pensamiento

La semana pasada millones de españoles pudieron ver, en el programa “Tengo una pregunta para Usted”, como el Presidente del Gobierno rehuía contestar a la pregunta directa que le formulaba un ciudadano: ¿Cree que el embrión o el feto es un ser humano? Sencillamente no quiso responder a esta pregunta, dando así la razón a lo que Pablo Prieto en la página darfruto.com decía hace algún tiempo: la cuestión del aborto es una cuestión de “interrupción voluntaria del pensamiento”.


El filósofo personalista Gabriel Marcel atribuía las grandes calamidades del siglo XX a lo que él llamaba “espíritu de abstracción”. Todos los extremismos, dictaduras, fanatismos proceden, según él, de reducir la realidad a una idea, lo más simple y esquemática posible, para transformarla después en herramienta ideológica y así manipular y dominar a las masas. Tomada en este sentido, la palabra abstracción significa aplicar un filtro mental a la realidad, de modo que sólo se admite la existencia de una porción de ella, mientras el resto se considera falso o ilusorio. Todo lo que estorbe para el fin propuesto se elimina, primero del pensamiento, y luego, a ser posible, de la vida. Y así, de ser un recurso normal de la inteligencia, la abstracción se convierte en hábil estrategia para obtener un provecho práctico, sobre todo político, aunque sea a expensas de la verdad. Una estrategia que la modernidad reviste a menudo con el prestigioso manto de la diosa Razón, madre de la justicia, la igualdad y la tolerancia. Lástima que tan bellos conceptos, cuando se formulan de espaldas a la realidad, no pasen de pedantería hueca, de cadáveres mentales.

Porque esta decente inhibición ante la verdad, por más que haya cuajado en leyes, instituciones y costumbres, no deja de ser una forma ilustrada de mentira. Para mentir, en efecto, no hace falta ser demasiado consciente de ello: basta con no pensar. O lo que es lo mismo, “interrumpir” el pensamiento, detenerlo allí donde se prevé que ocasionará problemas.

4.2.09

Dios es mi GPS

Entrevista al sacerdote católico Juan Carlos Ramos en la que cuenta su experiencia con el sistema GPS. AL hilo de estas reflexiones, establece un interesante paralelismo entre el mecanismo de posición por satélite y la vida del cristiano.



duración, 4:28 min.

3.2.09

Sin cartas

Comentaba hace poco con un amigo el curioso fenómeno de la posible desaparición del género epistolar. Cada vez se escriben menos cartas. Yo mismo escribo muy pocas cartas. ¿Es esto algo positivo? ¿Tenemos de aceptarlo como algo inevitable? Me hacía estas preguntas cuando cayó en mis manos este artículo de Olegario González de Cardedal:


¿POR qué en nuestra sociedad aumenta la correspondencia y disminuyen las cartas? Abundan las cartas comerciales, los avisos, las notificaciones, las citas, las convocatorias y faltan las cartas personales, aquéllas en las que no hay quizá nada que decir pero en las que la persona se dice a sí misma, levanta acta en la palabra de lo que son los ardores o sinsabores de su espíritu. ¿Ha progresado la comunicación personal al ritmo que han progresado otras comunicaciones? La fecundidad de una cultura es directamente proporcional al esfuerzo colectivo por alcanzar cotas morales a la vez que conquistas económicas y políticas.

Somos humanos en la abertura al mundo, al prójimo y a Dios. Pero ellas pasan por la abertura e inmersión en nuestro interior, ese extremo punto de nuestro ser, que los místicos llamaron centro, sima, ápice, hondón del alma. Interioridad que está hecha de luces y de sombras, de claridades y de oscuros légamos que ciegan nuestros ojos para mirar dentro y para ver fuera. Las cartas han sido siempre vehículo privilegiado de comunicación con el prójimo. Antes de que los psicoanalistas hablaran de la curación por la palabra, los maestros de espíritu habían mostrado que el camino hasta el otro en el hablar y en el escuchar era una vía eficaz de curación de la voluntad y de alumbramiento de la inteligencia.

Las cartas, como sedimento del propio espíritu en búsqueda desazonada ante decisiones fundamentales o en alegría por la felicidad sobrevenida, son uno de los testimonios más valiosos de la historia humana. Los grandes hombres han realizado su obra en gestas exteriores y en navegaciones interiores; lo han sido escribiendo libros y escribiendo cartas. En la antigüedad Séneca. Cicerón y San Jerónimo, en la era moderna desde Erasmo a Leibniz, desde Blondel a Teilhard de Chardin, y en nuestra cultura desde Santa Teresa a Valera y Unamuno. Las Confesiones de San Agustín, ¿qué son sino una carta dirigida a Dios?

Las cartas están hoy amenazadas. Ellas requieren silencio y sosiego, tomar la vida en propia mano para ordenarla interiormente antes de expresarla ante el destinatario. No es lo mismo escribir a la madre, a la esposa, a los hijos que escribir a un amigo, una autoridad o un súbdito. Las modalidades de la realidad encuentran su reflejo en las modulaciones de la palabra. Cada sentimiento del alma tiene sus modos propios de expresión; no dicen los mismos verbos y substantivos el dolor y el entusiasmo, la angustia y el coraje. Escribir una carta de amor o de agradecimiento, de solicitud o de disculpa es ante todo una ejercitación de la propia interioridad. Ésta queda así clarificada, y discernida al pasar por la criba, el harnero y el cedazo de la inscripción por la pluma en el papel o la trascripción en el ordenador.

El legado conservado de cartas es admirable por su variedad de motivaciones y por la diversidad de sus expresiones: cartas de amor y de reproche, cartas desde el exilio, la cárcel, la lejanía en otros continentes, la guerra con la muerte en el horizonte; cartas de jóvenes que estrenan la vida y cartas de ancianos que ven el final ya cercano. He leído recientemente una antología de cartas enviadas por personas que murieron en guerra entre los años 1939 en que estalló la segunda mundial hasta su final en 1945. Lleva por título “La voz del hombre”. En ellas palpitan las emociones más profundas del ser humano, recordando a sus seres queridos, poniendo luz en la propia existencia ante el riesgo inminente de perderla, poniéndose ante Dios y dejándose en sus manos, en pura desnudez frente al futuro. Cuando somos arrastrados hasta el borde de la vida, descubrimos la belleza y grandeza de lo cotidiano, del trabajo duro y ennoblecedor al mismo tiempo, que sólo valoramos cuando estamos en peligro de perderlo.

La vida más real y más personal no es la que aparece en los periódicos sino aquélla que discurre silenciosamente por las cavernas profundas de nuestra vida. De ella en las actas sólo queda lo más formal e impersonal. La sangre, sudor y lágrimas de nuestro dolor o alegría no constan en los anales de las instituciones. La prensa cuenta la extrahistoria; en cambio, estas cartas, a las que nos venimos refiriendo, cuentan la intrahistoria. De ella nacen las decisiones radicales, para las que no siempre encontramos razones demostrables pero que son las verdaderamente decisivas, esas que sólo contamos a los amigos del alma. Los historiadores deberían mirar más a esos espejos interiores a la vez que a las actas públicas (...)

Hay que escribir cartas; cartas largas, de gozo o de quejumbre para no asfixiarnos en la pena u olvidarnos de nosotros mismos en la trivialidad, para no ceder a los procesos de uniformación que nos amenazan, para dar fundamento a nuestra libertad. Cartas a los amigos íntimos, a los que ejercen la autoridad y a los que nos deben obediencia. Cartas claras, verdaderas, que al escribirlas nos hacen sentirnos conscientes y libres ante nuestro destino. No serán luego un clásico, como fueron la Carta a un joven poeta de Rilke, que tiene su equivalente no inferior en las que Unamuno escribió a Bernardo de Candamo, la Carta al padre de Kafka, las de Santa Teresa o las de Unamuno, Ortega y Marañón recién editadas. No podemos vivir sin cartas, porque eso supondría renunciar a la claridad interior y cegar la comunicación con el prójimo que es agua para nuestra sed y pan para nuestro camino. El día que no escribamos ni recibamos cartas habremos pasado a ser objeto-masa dejando de ser sujeto-sociedad, ese día habremos dejado de ser personas para ser sólo súbditos y consumidores.

1.2.09

Decálogo para el 2009

Publicamos el decálogo que ha escrito para el año 2009 el obispo de Querétaro (México), monseñor Mario de Gasperín.


“Ante la crisis que se avecina, si no es que ya está encima, sin duda que los hogares más pobres serán los más afectados. Muchos analistas ofrecen soluciones. Yo quisiera preguntarle a la Sagrada Familia de Nazaret, a Jesús María y José, qué nos aconsejan en este momento, parecido quizá al que sufrieron ellos cuando nació el Salvador. Nos aconsejarían lo siguiente”:

1°. La unión familiar. Incrementar la unión de la familia completa: papá, mamá, hijos y, si están los abuelitos, mejor. Evitar toda violencia familiar, los malos tratos y las palabras groseras. La familia que vive mejor es aquella donde hay respeto y reina el amor.

2°. La fidelidad conyugal. Decir no al divorcio; no a los hijos fuera del matrimonio; no a las uniones libres; no a los niños sin papá. Todo esto significa decir "sí" a la vida y al amor. Amor es fidelidad para toda la vida.

3°. Trabajo arduo. Ganarse el pan con el sudor de la frente. El dinero fácil se convierte en trampa; no da felicidad. Pagar el salario justo y evitar la corrupción. Una vida honesta, sin vicios, es siempre una buena inversión.

4°. Ecología familiar. No desperdiciar el pan, el agua, la luz. No contaminar. Dios no hace basura, recicla. Sembrar plantas y flores. La salud es siempre la riqueza mayor.

5°. Ahorro y austeridad. No gastar más de lo que se gana. Evitar comprar fiado y pedir prestado. Todo abuso se paga. Vivir con austeridad es un arte y una virtud cristiana.

6°. Alegría de vivir. Disfrutar de las maravillas de Dios: la vida, la luz, el aire, el sol, el campo, la familia, los amigos. Completar esta riqueza con la lectura de un buen libro, comenzando por la Biblia y el Catecismo. Aprender a escuchar y conversar en familia. Escuchar música seria, no ruido. La cultura es adorno del alma y fuente de felicidad.

7°. Amor a la tierra. No tener tierra sin producir. Hacer en el patio de la casa el huerto familiar. También en macetas. Preferir los productos nacionales y de la región, a los importados. Apoyar siempre a los trabajadores del campo mexicano.

8°. Confianza en Dios. Reconocer el poder de Dios y de su divina Providencia. Dios es defensor del pobre. Ser agradecidos. Asistir a Misa todos los domingos. Dar a Dios y al César lo que corresponde a cada uno: Cumplir con los diezmos y pagar los impuestos.

9°. Oración en familia. Rezar juntos ante el altar familiar. El Rosario es lo mejor, y más si se añade una pequeña lectura de la Biblia. Repasar con los hijos los Diez mandamientos. El santo temor de Dios es el camino hacia la felicidad.

10°. Ser solidario. No olvidar que hay siempre alguien más necesitado que nosotros. Tener algo para compartir y jamás negar el pan a quien padece necesidad. A la autoridad civil corresponde la justicia, la salud y la alimentación del pueblo; "pero no hay orden estatal, por más justo que sea, que haga superfluo el servicio del amor" (Deus caritas est, 28). Somos testigos del amor de Dios en el mundo. Amor a Dios y al prójimo son dos rostros del mismo amor.