31.7.09

Divertirse hasta morir

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A mediados del siglo XX dos autores británicos publicaron sendas novelas anunciando un futuro sombrío a nuestra sociedad. Hablamos de 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. A pesar de los paralelismos es interesante destacar que ambas obras no profetizaban lo mismo. Orwell pretendía prevenirnos ante el peligro de una opresión impuesta desde fuera, que muchos identificábamos con las ideologías totalitarias. Huxley advertía sobre un peligro más inquietante: que pudiéramos llegar a sentirnos felices amando la alienación y adorando las tecnologías que anulaban nuestra capacidad de pensar. Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que desapareciera el interés por leerlos. A finales de siglo Neil Postman, un prestigioso ensayistas norteamericano dedicado al estudio de los medios de comunicación, escribe un atrayente ensayo titulado "Divertirse hasta morir" dando la razón a Huxley.

Según Postman la historia de los medios de comunicación estaría marcada por tres etapas originadas por tres revoluciones. La primera ocurrió en el siglo V antes de Cristo, cuando Atenas experimentó el cambio de una cultura oral a una escrita gracias a la creación del alfabeto. La segunda etapa comienza en el siglo XVI, cuando Europa sufrió una transformación radical como consecuencia de la imprenta. La tercera ocurre en el siglo XX, como consecuencia de la revolución electrónica y, en particular, del invento de la televisión. Para entender esta tercera revolución, que inicia la “era de la imagen” habría que leer a Marshall McLuhan.

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A mediados del siglo XX dos autores británicos publicaron sendas novelas anunciando un futuro sombrío a nuestra sociedad. Hablamos de 1984 de George Orwell y Un mundo feliz de Aldous Huxley. A pesar de los paralelismos es interesante destacar que ambas obras no profetizaban lo mismo. Orwell pretendía prevenirnos ante el peligro de una opresión impuesta desde fuera, que muchos identificábamos con las ideologías totalitarias. Huxley advertía sobre un peligro más inquietante: que pudiéramos llegar a sentirnos felices amando la alienación y adorando las tecnologías que anulaban nuestra capacidad de pensar. Lo que Orwell temía eran aquellos que pudieran prohibir libros, mientras que Huxley temía que no hubiera razón alguna para prohibirlos, debido a que desapareciera el interés por leerlos. A finales de siglo Neil Postman, un prestigioso ensayistas norteamericano dedicado al estudio de los medios de comunicación, escribe un atrayente ensayo titulado Divertirse hasta morir dando la razón a Huxley.

Según Postman la historia de los medios de comunicación estaría marcada por tres etapas originadas por tres revoluciones. La primera ocurrió en el siglo V antes de Cristo, cuando Atenas experimentó el cambio de una cultura oral a una escrita gracias a la creación del alfabeto. La segunda etapa comienza en el siglo XVI, cuando Europa sufrió una transformación radical como consecuencia de la imprenta. La tercera ocurre en el siglo XX, como consecuencia de la revolución electrónica y, en particular, del invento de la televisión. Para entender esta tercera revolución, que inicia la “era de la imagen” habría que leer a Marshall McLuhan.

Para Postman, como para McLuhan, el medio ha condicionado definitivamente al mensaje: no cabe esperar que la televisión nos haga pensar, o pueda servir para educar, igual que no podríamos pretender dar clases de filosofía utilizando señales de humo como los indios cherokees. Las humaredas son insuficientemente complejas para expresar ideas sobre la naturaleza o la existencia: su forma excluye determinados contenidos. La televisión está para entretener, no para hacer pensar. Y no es que haya nada malo en el entretenimiento. Como dijo algún psiquiatra, todos construimos castillos en el aire. El problema surge cuando tratamos de vivir en ellos.

Resulta curioso observar, por ejemplo, que los mismos conceptos de “verdadero” y “falso” son muy distintos si los aplicamos a un texto escrito o a un mensaje transmitido en imágenes. Para entender el significado de la palabra escrita hemos de conocer su contexto, mientras que, por definición, la imagen se nos presenta “descontextualizada”. Palabra e imagen se mueven en distintos planos de significado. Según Postman las nuevas tecnologías han transformado el mundo de la información: “mientras que antes la gente procuraba información para comprender los contextos reales de sus vidas, ahora se inventan contextos (“pseudocontextos”) para pretender dar algún valor a informaciones irrelevantes”.

En este sentido la televisión no podría entenderse como un avance, sino como un retroceso frente a la cultura literaria. No estimula, sino que adormece. Con su vertiginosa acumulación de noticias fragmentarias no profundiza, sino que trivializa cualquier información. Buena muestra de ello son los programas informativos: varios minutos de asesinatos, mutilaciones y demás perversiones deberían ser suficientes para provocar semanas de insomnio, pero en el fondo sabemos que no debemos tomarnos las “noticias” en serio, porque el objetivo de la televisión es entretener y, nos guste o no, entramos a ese juego. Todo acaba siendo trivial.

Está por estudiar todavía la repercusión que todo esto pueda tener en las nuevas generaciones. Justamente estamos ahora ante una segunda generación de niños para quienes la televisión ha sido quizá su primera maestra y, para muchos su más fiable compañera y amiga. Mientras tanto, quizá hagamos bien en dar la razón a Huxley y empezar a preguntarnos de qué nos reímos y por qué estamos dejando de pensar.

29.7.09

Responsabilidad social de la empresa

Copiamos a continuación algunas frases de la última Encíclica de Benedicto XVI:


- La Iglesia no hace política: "La Iglesia no tiene soluciones técnicas que ofrecer y no pretende 'de ninguna manera mezclarse en la política de los Estados'. No obstante, tiene una misión de verdad que cumplir en todo tiempo y circunstancia en favor de una sociedad a medida del hombre, de su dignidad y de su vocación"... "Para la Iglesia, esta misión de verdad es irrenunciable". (n. 9).

- La lección de la crisis: "La crisis nos obliga a revisar nuestro camino, a darnos nuevas reglas y a encontrar nuevas formas de compromiso, a apoyarnos en las experiencias positivas y a rechazar las negativas. De este modo, la crisis se convierte en ocasión de discernir y proyectar de un modo nuevo" (n. 21).

Responsabilidad social de la empresa: “Se va difundiendo cada vez más la convicción según la cual la gestión de la empresa no puede tener en cuenta únicamente el interés de sus propietarios, sino también el de todos los otros sujetos que contribuyen a la vida de la empresa: trabajadores, clientes, proveedores de los diversos elementos de producción, la comunidad de referencia” (n. 40).

Resistir la tendencia a rebajar los sistemas de protección social: “Estos procesos han llevado a la reducción de la red de seguridad social a cambio de la búsqueda de mayores ventajas competitivas en el mercado global, con grave peligro para los derechos de los trabajadores, para los derechos fundamentales del hombre y para la solidaridad en las tradicionales formas del Estado social” (n. 25).

Evitar el aumento de las desigualdades: “La dignidad de la persona y las exigencias de la justicia requieren, sobre todo hoy, que las opciones económicas no hagan aumentar de manera excesiva y moralmente inaceptable las desigualdades y que se siga buscando como prioridad el objetivo del acceso al trabajo por parte de todos, o que lo mantengan” (n. 32)

Inversiones y especulación: “Se ha de evitar que el empleo de recursos financieros esté motivado por la especulación y ceda a la tentación de buscar únicamente un beneficio inmediato, en vez de la sostenibilidad de la empresa a largo plazo, su propio servicio a la economía real y la promoción, en modo adecuado y oportuno, de iniciativas económicas también en los países necesitados de desarrollo” (n. 40).

El mercado es necesario, pero no es ajeno a la ética: “Sin formas internas de solidaridad y de confianza recíproca, el mercado no puede cumplir plenamente su propia función económica. Hoy, precisamente esta confianza ha fallado, y esta pérdida de confianza es algo realmente grave” (n. 35).
“El sector económico no es ni éticamente neutro ni inhumano o antisocial por naturaleza. Es una actividad del hombre y, precisamente porque es humana, debe ser articulada e institucionalizada éticamente” (n. 36).

28.7.09

Dos mil millones de pobres

“En muchos países pobres persiste, y amenaza con acentuarse, la extrema inseguridad de vida a causa de la falta de alimentación: el hambre causa todavía muchas víctimas entre tantos Lázaros a los que no se les consiente sentarse a la mesa del rico epulón”
Benedicto XVI. “Caritas in veritate” n. 27


Según la FAO el número de víctimas del hambre es mayor que nunca: un tercio de la población global, cerca de 2.000 millones de seres humanos, sufren privaciones nutricionales importantes que alteran su desarrollo corporal y cerebral. Como consecuencia de esto se deduce que cada año fallecen cinco millones de personas. También afirma que cerca de 20 millones de bebés tienen falta de peso y corren el riesgo de morir o de sufrir discapacidades severas.

Para Manos Unidas, la carencia de alimentos e indigencia están íntimamente conectadas, puesto que no se trata sólo de la falta de alimento o de bienes tangibles, sino a la privación de ayuda sanitaria, de escolarización, de empleo o de una vivienda digna. La falta de solidaridad en el mundo nos lleva a que únicamente Dinamarca, Luxemburgo, Holanda, Noruega y Suecia hayan cumplido el objetivo señalado por Naciones Unidas de lograr el 0,7 por ciento del PIB para la Ayuda Social al Desarrollo.

Como decía un Padre de la Iglesia: “Lo que sobra a los ricos es patrimonio de los pobres”.

27.7.09

Saber corregir

Alfonso Aguiló nos recuerda cuatro pautas para corregir:


Primera. Para que alguien tenga derecho a corregir, tiene primero que ser persona que esté capacitada para reconocer lo bueno de los demás, y que sea capaz también de decirlo: que no corrija quien no sepa elogiar de vez en cuando. Porque si una persona no reconoce nunca lo que su hijo o su mujer o su marido hacen bien –y seguro que harán cosas bien, probablemente más que las que hacen mal–, ¿con qué derecho podrá luego corregirles cuando fallen? El que nada positivo encuentra en los demás, tiene que replantear su vida desde los cimientos: algo en él no va bien, tiene una ceguera que le inhabilita para corregir.

        Segunda. Ha de corregirse por cariño. Tiene que ser la crítica del amigo, no la del enemigo. Y para eso, tiene que ser serena y ponderada, sin precipitaciones y sin apasionamiento. Tiene que ser cuidadosa, con el mismo primor con que se cura una herida, sin ironías ni sarcasmos, con esperanza de verdadera mejoría.

        Tercera. Tampoco debe darse la corrección sin antes hacer examen sobre la propia culpabilidad en lo que se va a corregir. Cuando algo marcha mal en la familia, casi nunca nadie puede decir que está libre de culpa. Además, cuando uno se siente corresponsable de un error, corrige de forma distinta. Porque corrige desde dentro, comenzando por el reconocimiento de la propia culpa. Y el corregido lo entenderá mucho mejor, porque empezamos por compartir su error con el nuestro, y no lo verá como una agresión desde fuera sino como una ayuda desde dentro.

          Cuarta. Es una regla múltiple, inspirada en las que señala López Caballero. Se refiere a la forma de llevar a cabo la corrección:

• ha de ser cara a cara, pues no hay nada más sucio que la murmuración o la denuncia anónima del que tira la piedra y esconde la mano;
• a la persona interesada y en privado; si no, suele ser contraproducente;
• sin comparar con otras personas: nada de "aprende de tu primo, que saca tan buenas notas", o "del vecino de arriba que es tan educado...";
• con mucha prudencia antes de juzgar las intenciones: hay que presuponer buena voluntad;
• no hablar de lo que no se ha comprobado bien, pues de lo contrario, juzgamos con una frivolidad que espanta; corregir sobre rumores, suposiciones o sospechas, supone hacer méritos para ser injusto: recuerda aquello de que el bien debe ser supuesto, el mal debe ser probado, y eso otro de oír la otra campana, y saber quién es el campanero...;
• específica y concreta, no generalizadora; sabiendo centrarse en el tema, sin exageraciones, sin superlativos, sin abusar de palabras como siempre, nunca...;
• hay que hablar de una o dos cosas cada vez, porque si acumulamos una larga lista, parecerá una enmienda a la totalidad más que un deseo de ayudar;
• sin reiterarlas demasiado: hay que dar tiempo para mejorar..., y además, la excesiva machaconería se vuelve también contraproducente;
• hay que saber elegir el momento para corregir o aconsejar, que ha de ser cuanto antes, pero esperando a estar -los dos- tranquilos para hablar y tranquilos para escuchar: si uno está aún nervioso o afectado por un enfado, quizá sea mejor esperar un poco más, porque de lo contrario probablemente se estropeen más las cosas en vez de arreglarse;
• y poniéndose antes en su lugar, haciéndose cargo de sus circunstancias, procurando -como dice el refrán- calzar un mes sus zapatos antes de juzgar.

25.7.09

La banalización de la sexualidad

Muy interesante me parece la reflexión que José Antonio Poveda publica en el blog "Creemos en la educación" a propósito de las agresiones sexuales llevadas a cabo por menores de edad:


Pienso que hay un factor muy importante que está en el origen de estos aberrantes comportamientos: la banalización de la sexualidad y la deficiente, por absolutamente incompleta, educación sexual. Por un lado, los patrones que se ofrecen a los jóvenes parten de la separación entre sexo y amor. Este, además, es un sentimiento efímero, que viene y se va, que sólo depende de lo que se siente en cada momento, desvinculado de todo atisbo de voluntad y compromiso. El sexo como puro divertimento, y el cuerpo como mero instrumento de satisfacción, despojado de cualquier significado antropológico más profundo, como don para el otro. Por otro lado, la educación sexual imperante responde a estos planteamientos mecanicistas, reducida a como evitar un embarazo, y eludiendo su íntima conexión con la dimensión espiritual del hombre y su afectividad.

Los mercaderes del templo han convertido el regalo de la sexualidad humana en una industria (la del sexo) que mueve miles de millones de euros y que necesita de estos planteamientos reduccionistas para obtener consumidores con los que tener engrasada su máquina de hacer dinero. No tienen reparos en intentar obtener más cuota de mercado extendiendo su producto a edades más tempranas. Para ello no dudarán en hablar de libertad y utilizarán cualquier medio (basta con ver algún capítulo de alguna serie de éxito televisivo) para extender una concepción de la sexualidad que favorezca su negocio. Por supuesto, denigrarán y ridiculizarán a cualquier persona o institución que trate de desenmascarar su farsa. En su intención no está por supuesto el promover estas agresiones, pero contribuyen a crear un clima que, combinado con otros factores, pueden propiciar estas conductas (Ver texto completo).

24.7.09

Baile en la Plaza

En El gallego y su cuadrilla recoge Cela algunos de sus «apuntes carpetovetónicos», que él define como «un agridulce bosquejo, entre caricatura y aguafuerte ..., de un tipo o de un trozo de vida peculiares...».



Mientras viene cayendo, desde muy lejos, la noche, comienzan a encenderse las tímidas bombillas de la plaza. Sobre el rugido ensordecedor del pueblo en fiesta se distinguen de cuando en cuando algunos compases de «España cañí». Si de repente, como por milagro, se muriesen todos los que se divierten, podría oírse sobre el extraño silencio el lamentarse sin esperanza del pobre «Horchatero Chico», que con una cornada en la barriga, aún no se ha muerto. «Horchatero Chico», vestido de luces y moribundo, está echado sobre un jergón en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Le rodean sus peones y un cura viejo; el médico dijo que volvería.


Camilo José Cela (del libro El gallego y su cuadrilla),


Fernando Lázaro Carreter tiene un magistral comentario de este texto en su famoso libro “Cómo se comenta un texto literario”, que cuenta ya con más de 30 ediciones:

La fiesta está en su apogeo. Han pasado seguramente pocas horas desde que Horchatero Chico regó de sangre aquella plaza, ahora invadida por la multitud. El giro "viene cayendo... la noche", reforzada por el complemento desde muy lejos, pone el marco temporal al fragmento; se trata de un lentísimo crepúsculo, tan largo quizá como las ansias de diversión de aquellas gentes, como la agonía del novillero. Poco a poco comienzan a encenderse las tímidas bombillas de la plaza; se trata, pues, de un festejo popular.

El adjetivo tímidas posee fuerza evocadora. La plaza ha sido engalanada con abundantes bombillas, que a esta hora del atardecer se encienden, frágiles y amarillentas, aún innecesarias para el jolgorio. El autor nos sugiere la violencia de este por el «temor» de aquellas. Las gentes están bailando. Cela nos habla de su rugido ensordecedor. El sustantivo rugido expresa la animalidad del festejo, denunciado por el autor con un rigor implacable. Es, además, un rugido unánime: el pueblo está divirtiéndose, haciendo más penoso el abandono en que muere Horchatero Chico (tema).

Sobre el clamor de las gentes se distinguen de cuando en cuando algunos compases de «España cañí». La locución adverbial de cuando en cuando nos hace entrever la competencia entablada entre el estruendo del pueblo y el de la música. Se trata de otro modo indirecto y hábil de sugerirnos aquella violencia populachera; el efecto se refuerza por la vulgaridad de la pieza que, a cortos intervalos, puede oírse.

El autor nos conduce de pronto a la escena de la agonía. El moribundo no está lejos: los balcones del Ayuntamiento darán, seguramente, a la plaza. Por eso, si se produjera la muerte de cuantos allí se divierten podría oírse sobre el extraño silencio el lamentarse sin esperanza del pobre «Horchatero Chico». Con esta frase gira nuestra atención de la fiesta a la víctima. Se trata de una inesperada hipótesis del escritor. ¿Qué la ha motivado? ¿Por qué se le ha ocurrido a Cela tan grave hipótesis? Hay tras ella, quizá, un confuso sentimiento de justicia y de venganza. Pero, nuevamente, lo que podemos imaginar es más de lo que el autor dice. Por lo repetida, parece esta una característica de su estilo.

El contraste es rápido y violento. Frente a la algazara popular, este lamentarse sin esperanza. En la muerte cierta del novillero insistirá poco después: aún no se ha muerto. Hay piedad y ternura en el pobre que califica a Horchatero Chico. Y el nombre «artístico» de este posee una enorme fuerza sugestiva: imaginamos al muchachillo humilde, de oficio miserable, en su peregrinación hacia una incierta fortuna por las capeas pueblerinas. Toda una historia de pobreza, de ambición y hasta de heroísmo nos ha sugerido Cela con sólo elegir ese apodo para su torero.

Una finalidad evocadora del ambiente social en que todo aquello ocurre posee el sustantivo barriga (con una cornada en la barriga, aún no se ha muerto). Es esta una forma popular y desgarrada de designar el vientre, la que el muchacho mismo usaría... de salir con vida. El autor nos ha sumido, magistralmente, en un clima vulgar de gentes que hablan así, que mueren sin gloria y se divierten sin piedad. Porque, en efecto, pocas muertes menos gloriosas que la de «Horchatero Chico»: vestido de luces y moribundo, está echado sobre un jergón en el salón de sesiones del Ayuntamiento. Lleva aún el traje que le debió servir para triunfar, para lucir su arte y su gallardía bajo el sol de la fiesta. Nadie le ha despojado de su atuendo; quizá porque una operación ya es innecesaria, pero quizá también -nueva sugerencia- porque nadie se ha cuidado de quitárselo. Está además en un jergón -ni siquiera en una cama- y en un lugar negado a toda intimidad: el público salón de sesiones del Ayuntamiento.

En aquella habitación, que hemos de imaginar grande y destartalada, unos pocos hombres rodean al herido: sus peones y un cura viejo. Nada nos dice el autor de su actitud ni de sus sentimientos: sólo alude a su presencia; el resto también hemos de imaginarlo nosotros. El médico dijo que volvería. Con esta frase final, tan escueta, tan desnuda como el resto del fragmento, Camilo José Cela insiste en lo inevitable de la muerte de Horchatero, puesto que el médico se ha marchado sin intervenir; e insinúa la despreocupación de este, que abandona al muchacho en el instante último.

Hemos tenido ocasión de notar una serie de rasgos muy acusados en el pasaje: los lugares, los personajes y sus comportamientos son sugeridos y no descritos; se utilizan para ello elementos formales muy simples. Sólo en dos momentos parece que el escritor toma partido: al hablar del rugido ensordecedor de la gente y al calificar de pobre al torerillo. Con ello matiza suficientemente los dos extremos del contraste. En lo demás se expresa con neutralidad, con simplicidad. Para la descripción de la agonía, le basta una simple enumeración, sin adjetivos de índole sentimental, para producir un efecto patético. Resulta en extremo atrayente este modo de narrar, esta, sin duda, dificilísima facilidad.

22.7.09

Cuando el amor no es suficiente

Los defensores del matrimonio homosexual creen que lo único que los niños necesitan de verdad es amor. Basándose en dicha suposición, concluyen que para los niños es tan bueno ser criados por unos amorosos padres del mismo sexo que por otros progenitores de sexos distintos. Pero esa premisa básica –y cuanto se deriva de ella– es falsa, porque el amor no basta. Trayce L. Hansen es psicóloga, con práctica clínica y forense en California. Este artículo ha sido traducido de MercatorNet (2-06-2009) por Aceprensa.


En igualdad de condiciones en todos los demás aspectos, los hijos obtienen los máximos beneficios cuando los cría un matrimonio compuesto de padre y madre. Dentro de este entorno, los niños tienen las máximas posibilidades de vivir las experiencias emotivas y psicológicas que necesitan para desarrollarse.
Hombre y mujer hacen aportaciones diversas a la crianza de los hijos, cada uno de una forma singular e irrepetible por parte del otro. Dicho lisa y llanamente, las madres y los padres no son intercambiables. Dos mujeres pueden, cada una de ellas, ser buenas madres, pero ninguna puede ser un buen padre.

Dos formas de amor
Hay cinco razones por las que ser criados por un padre y una madre redunda en el mejor interés de los hijos.

La primera es que el amor materno y el amor paterno, aunque igualmente importantes, son cualitativamente distintos y dan lugar a relaciones paternofiliales diferentes. Específicamente, la combinación del amor de madre, que muestra una devoción incondicional, y el amor de padre, que pone condiciones, es lo que resulta esencial para el desarrollo de un hijo. Cualquiera de estas formas de amor puede ser problemática sin la otra. Porque lo que un hijo necesita es el equilibrio complementario que ambos tipos de amor y de relación proporcionan.

Sólo los padres heterosexuales ofrecen a sus hijos la oportunidad de establecer relaciones con un progenitor del mismo sexo y del contrario. Las relaciones con ambos sexos en una etapa temprana de la vida hacen que resulte más fácil para un hijo relacionarse con ambos sexos más adelante. Para una chica, esto significa que entenderá mejor e interactuará adecuadamente con el mundo masculino, y que se sentirá más cómoda en el mundo de las mujeres. Y para un muchacho, lo opuesto será verdad. Tener una relación con “el otro” (un progenitor del otro sexo) también incrementa la probabilidad de que un hijo sea más empático y menos narcisista.

Lo que enseña un padre
En segundo lugar, los niños progresan a través de etapas de desarrollo predecibles y necesarias. Algunas etapas exigen más de una madre mientras que otras requieren más de un padre. Por ejemplo, durante la primera infancia, los niños de ambos sexos suelen estar mejor bajo el cuidado de su madre. Las madres tienen mejor sintonía con las delicadas necesidades de sus hijos más pequeños y, en consecuencia, responden de forma más adecuada. Sin embargo, en algún momento, si un muchacho ha de convertirse en un hombre como debe ser, tiene que despegarse de su madre y, en vez de ello, identificarse con su padre. Un chico sin padre carece de un hombre con el que identificarse y es más probable que tropiece con problemas a la hora de forjar una sana identidad masculina.

Un padre enseña a un chico cómo canalizar debidamente sus impulsos agresivos y sexuales. Una madre no puede mostrar a su hijo la forma de controlar sus impulsos porque ella no es un hombre y no tiene impulsos del mismo tipo. Un padre también inspira en un muchacho una forma de respeto que una madre no puede infundir: un respeto con el que es más probable tener a raya a un chico. Y ésas son las dos razones primordiales por las que los chicos sin padre tienen mayores probabilidades de caer en la delincuencia y acabar en la cárcel.

La necesidad de un padre también forma parte de la psique de las chicas. Hay ocasiones en la vida de una muchacha en las que sólo vale un padre. Por ejemplo, un padre ofrece a una hija un lugar seguro y sin contenido sexual en el que experimentar su primera relación hombre-mujer y afianzar su feminidad. Cuando a una chica le falta un padre que desempeñe ese papel, tiene más posibilidades de llegar a ser promiscua, en un intento equivocado de satisfacer su ansia innata de atención y aprobación masculinas.

En general, los padres desempeñan un papel de contención en las vidas de sus hijos. Refrenan en los hijos una conducta antisocial y evitan que el comportamiento de sus hijas tenga un excesivo tono sexual. Cuando falta un padre que cumpla esta función, con frecuencia se derivan nefastas consecuencias tanto para los hijos sin padre como para la sociedad (Ver texto completo).

20.7.09

40º aniversario del viaje a la Luna

Mañana, 21 de julio, se cumplen 40 años del histórico viaje del Apolo XI

19.7.09

Gratitud y respeto a la vida

Eulogio López destaca tres ideas de la última Encíclica de Benedicto XVI:


Benedicto XVI asegura (n. 43) que “en la actualidad, muchos pretenden pensar que no le deben nada a nadie”. Como diría Chesterton, “la primera forma de pensamiento es el agradecimiento” pero a ello se une esa sensación no sólo de no deberle nada a nadie, sino de “no arrepentirse de nada”. Con la ingratitud y el sentimiento de culpa, tan denostado por un psicoanálisis de mente sucia que se resiste a morir, no hay forma de progresar: en efecto, sin arrepentimiento, ni las personas ni las sociedades se plantean progresar, sin gratitud vivimos en la mentira, que ya hemos dicho constituye el mejor antídoto contra el desarrollo. Además, “compartir los deberes recíprocos moviliza mucho más que la mera reivindicación de derechos”.

Hablemos de desarrollo sostenible (n. 48): “El creyente reconoce en la naturaleza el maravilloso resultado de la intervención creadora de Dios... pero se ha de subrayar que es contrario al verdadero desarrollo considerar la naturaleza como más importante que la persona humana misma. Esta postura conduce a actitudes neopaganas”. Sin comentarios.

La tecnología no es el problema fundamental: (n. 51). “El problema económico decisivo es la capacidad moral global de la sociedad. Si no se respeta el derecho a la vida y a la muerte natural, si se hace artificial la concepción, la gestación y el nacimiento del hombre, si se sacrifican embriones humanos a la investigación, la conciencia común acaba perdiendo el concepto de ecología humana y con ello de la ecología ambiental. Es una contradicción pedirle a las nuevas generaciones el respeto al ambiente natural, cunado la educación y las leyes no les ayudan a respetarse a sí mismas”.

18.7.09

El sacerdocio, un don para servir

Ha comenzado el año sacerdotal. Ramiro Pellitero nos comenta la carta que el Papa ha escrito con este motivo:


La carta de Benedicto XVI para el Año sacerdotal se ofrece directamente a los sacerdotes; indirectamente, a toda la comunidad cristiana, para que apoye la renovación interior que la Iglesia y el mundo necesitan actualmente de los sacerdotes. El autor ha comenzado a explicarla y desarrollarla, como suele hacer con sus textos más importantes. Así lo hizo en las dos audiencias generales del 24 de junio y del 1 de julio. El sacerdocio se presenta como un “don” inmenso que pide humildad, caridad universal y servicio infatigable y generoso. A la vez, es también una “herida”, de una parte por los sufrimientos de muchos sacerdotes, de otra parte en cuanto que la Iglesia sufre por la infidelidad de algunos de sus ministros, infidelidad que no debe dejar en la sombra “el reconocimiento gozoso de la grandeza del don de Dios”. La carta expone la identidad del sacerdote y su misión; también su espiritualidad y la colaboración con los fieles laicos.

¿Cuál es la identidad del sacerdote? El sacerdote, por su ordenación, es instrumento y representante de Cristo, y, como tal, responsable y servidor del pueblo cristiano. “El sacerdote -resumía el Santo cura de Ars- no es sacerdote para sí mismo sino para vosotros”. El 24 de junio el Papa explicó que no deben oponerse dos modos de comprender al sacerdote: de un lado sólo desde su función de “servicio”, particularmente en el anuncio de la fe y la predicación de la Palabra; de otro lado, sólo desde su configuración sacramental con Cristo, subrayando en este caso el sacrificio de la Cruz y la Eucaristía. Y no deben oponerse porque “el anuncio comporta siempre también el sacrificio de sí, condición para que el anuncio sea auténtico y eficaz”. Cabría también decir: ser sacerdote se opone tanto a una visión meramente “espiritualista” o “individualista” donde sólo importara su relación con Cristo, como a una visión meramente “funcionalista”, que sólo se fijara en su papel respecto a la comunidad. Con palabras del Papa: “Precisamente porque pertenece a Cristo, el sacerdote está radicalmente al servicio de los hombres: es ministro de su salvación, de su felicidad, de su auténtica liberación…”.

De ahí se deduce lo que suele llamarse la espiritualidad del sacerdote, es decir: su modo propio de buscar la santidad, de lo que también depende –en cuanto a sus frutos– su propia misión. Lo importante es la comparación con Cristo: así como en Jesús su Persona y su Misión van inseparablemente unidas –toda su obra salvífica es expresión de su relación filial y amorosa con Dios Padre–, el sacerdote debe aspirar a identificarse con el don que ha recibido, ejercer su ministerio en unión con Cristo. Aquí está por tanto el fundamento de la vida espiritual del sacerdote, como tarea que él mismo debe imponerse, para lo que podríamos llamar –no es terminología de la carta– su servicio “cristocéntrico”. El sacerdocio es un don para servir como Cristo, por Él, con Él y en Él. (Ver texto completo)

15.7.09

Optimismo

En su libro "Optimismo vital" el psicólogo Bernabé Tierno afirma las ventajas de construir el futuro sobre la esperanza.
Vamos a recordar y a resumir -según el autor- los rasgos principales que caracterizan a una persona optimista:


1. Mantiene la actitud de esperar que sucedan cosas buenas y gratificantes, alentado por un entusiasmo tenaz e inteligente.

2. Explica los sucesos positivos por su esfuerzo personal y dedicación.

3. No concede demasiada importancia a las circunstancias y a la suerte, que son factores no controlables; pero sí espera todo de su actitud conscientemente positiva.

4. Entiende que la adversidad es pasajera y confía en superarla, en aprender de ella y en salir más experimentado y reconfortado.

5. Tiene los pies en la tierra, es realista y pragmático y sigue una ruta bastante definida en su vida, con metas claras, sencillas y asequibles.

6. Es consciente de que el verdadero bienestar subjetivo lo proporcionan las cosas más corrientes del día a día que vive y disfruta.

7. Es extravertido, dinámico, entusiasta y amable, y sabe «leer» e «interpretar» la vida de la forma más positiva posible.
8. Convierte en disfrute la profesión u oficio que ejerce y que da sentido a su vida.

9. Acepta gozoso la vida que le ha tocado vivir y admite de buen grado que la perfección es imposible.

10. Busca el equilibrio entre el cuerpo y la mente, lo material y lo espiritual, lo personal, lo familiar y lo laboral.

11. Los traumas, las desgracias y las situaciones críticas que a otros enferman y debilitan, al optimista vital le fortalecen, le construyen y le hacen crecer interiormente.

12. El optimista vital es sobre todo una persona medicina, tónica y gratificante para sí misma y para los demás y el verdadero arquitecto de su destino.

13.7.09

BE

Cambio de residencia y de ciudad: me traslado a Valencia.No se por qué, pero me viene a la memoria esta canción.
Levantar el vuelo y comenzar una nueva etapa...


11.7.09

Aprender a educar nuestros deseos

El Dr. Enrique Rojas publicó ayer en el diario El Mundo este interesante artículo:


LA EDUCACIÓN es la base para edificar un proyecto personal adecuado. Y es necesario educar el deseo y el querer. El primero es anhelo, aspiración, conocimiento de algo que nos lleva en esa dirección, casi como un imán; es pasajero, transitorio, esporádico, como un chispazo que recorre nuestra mente por un rato. Querer es determinación y firmeza, pretender algo con toda la voluntad. El deseo y el placer forman un edificio común: el primero ocupa la planta baja y conduce directamente al placer, instalado en el piso de arriba; la escalera que los comunica es la imaginación.

El deseo está lleno de promesas. Tiene magia, embelesa, un tono embriagador y hechicero que nos conduce y fascina. Pero dejarse arrastrar por los deseos sin más suele ser poco maduro. Crecer es orientar la conducta en una dirección positiva; de entrada, cuesta mucho, pero a la larga nos hace personas.

El campo magnético de la afectividad forma una telaraña complejísima en la que los conceptos se cruzan, entremezclan, confunden, avasallan, entran y salen, suben y bajan, giran y vuelven a aparecer. Todo esto da lugar a una tupida red de significados en la que la imprecisión está a la orden del día, pues en la misma persona los usos, las significaciones y las andanzas biográficas cobran alcances y acepciones bien distintos.

Garantizar la vida afectiva requiere amor y conocimiento, emplazándola para que tenga el mejor desarrollo posible. Es un navío que suelta amarras y navega con el timón bien orientado, una ingeniería de vericuetos levadizos y caminos serpenteantes ajedrezados por el deseo y sus aledaños. La afectividad es una materia singularmente maleable, difícil de apresar. Es un mar encrespado en el que casi todo salta mezclado. Todo en ella ronronea con inesperados cambios de ritmo, enriquecida por un muestrario de variados matices poblados de sombras. La plasticidad afectiva es sobresaliente.

El mundo de la afectividad está envuelto en una tenue neblina precisa e imprecisa, bien definida y excesivamente etérea. En este terreno tan movedizo es preciso definir bien los términos. Para alcanzar nuestro objetivo es importante deslindar los significados. Desear y querer son las dos caras de la moneda. Desear es anhelar algo de forma próxima, rápida, casi inmediata. Querer es pretender a largo plazo, pero sin la transitoriedad de lo anterior, especificando el objetivo, limitando los campos con la firme resolución de llegar a la meta cueste lo que cueste. Los deseos son más superficiales y fugaces. El querer es más profundo y estable. Muchos deseos son juguetes del momento. Casi todo lo que se quiere significa un progreso personal.

Parece que la inteligencia y la afectividad están casi siempre a la gresca. Lo cierto es que ir alcanzando una proporción adecuada entre ellas es una labor de filigrana. Lo que la inteligencia despierta, la afectividad parece que lo aletarga y entumece. Hay un bamboleo entre la vigilia y la somnolencia. El deseo busca la posesión cercana de algo, que se pone en movimiento sobre la marcha y tiene como motor el impulso de posesión; ésa es su dinámica: el querer aspirar a un objetivo remoto, que requiere algo concreto, bien diseñado y con la voluntad como motor, tras recorrer una larga travesía.

9.7.09

Benedicto XVI presenta la encíclica “Caritas in veritate”

Ofrecemos, gracias a Zenit, la intervención de Benedicto XVI durante la audiencia general del miércoles 8 de julio de 2009, celebrada en el Aula Pablo VI, con peregrinos procedentes de todo el mundo, dedicada a presentar la encíclica que publicó este martes, "Caritas in veritate".


Queridos hermanos y hermanas:
Mi nueva encíclica "Caritas in veritate", que ayer se presentó oficialmente, se inspira en su visión fundamental en un pasaje de la carta de san Pablo a los Efesios, en el que el apóstol habla del actuar según la verdad en la caridad: "Actuando --lo acabamos de escuchar-- según la verdad en la caridad, crecemos en todo hasta aquel que es la cabeza, Cristo" (4, 15). La caridad en la verdad es, por tanto, la principal fuerza propulsora para el verdadero desarrollo de cada persona y de toda la humanidad. Por esto, en torno al principio "caritas in veritate", gira toda la doctrina social de la Iglesia. Sólo con la caridad, iluminada por la razón y por la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un valor human y humanizador. La caridad en la verdad "es el principio sobre el que gira la doctrina social de la Iglesia, un principio que adquiere forma operativa en criterios orientadores de la acción moral" (n. 6). La encíclica alude en seguida en la introducción a dos criterios fundamentales: la justicia y el bien común. La justicia es parte integrante de ese amor "con los hechos y en la verdad" (1 Juan 3,18), a la que exhorta el apóstol Juan (Cf. n. 6). Y "amar a alguien es querer su bien y obrar eficazmente por él. Junto al bien individual, hay un bien ligado a la vida social de las personas... Se ama al prójimo tanto más eficazmente, cuanto más se trabaja" por el bien común. Por tanto, dos son los criterios operativos, la justicia y el bien común; gracias a éste último, la caridad adquiere una dimensión social. Todo cristiano --dice la encíclica-- está llamado a esta caridad, y añade: "Ésta es la vía institucional... de la caridad" (cfr n. 7).


Como otros documentos del Magisterio, también esta encíclica retoma, continúa y profundiza el análisis y la reflexión de la Iglesia sobre cuestiones sociales de vital interés para la humanidad de nuestro tiempo. De modo especial, enlaza con cuanto escribió Pablo VI, hace ahora más de cuarenta años, en la "Populorum progressio", piedra angular de la enseñanza social de la Iglesia, en la que el gran pontífice traza algunas líneas decisivas, y siempre actuales, para el desarrollo integral del hombre y del mundo moderno. La situación mundial, como ampliamente demuestra la crónica de los últimos meses, sigue presentando no pocos problemas y el "escándalo" de desigualdades clamorosas, que permanecen a pesar de los compromisos adoptados en el pasado. Por una parte, se registran signos de graves desequilibrios sociales y económicos; por la otra, se invocan desde muchas partes reformas que no pueden demorarse por más tiempo para superar la brecha en el desarrollo de los pueblos. El fenómeno de la globalización puede, en este sentido, constituir una oportunidad real, pero por esto es importante que se acometa una profunda renovación moral y cultural y un discernimiento responsable sobre las elecciones que hay que realizar para el bien común. Un futuro mejor para todos es posible, si se funda en el descubrimiento de los valores éticos fundamentales. Es necesaria por tanto una nueva proyección económica que vuelva a diseñar el desarrollo de forma global, basándose en el fundamento ético de la responsabilidad ante Dios y ante el ser humano como criatura de Dios. (Ver texto completo)

8.7.09

Panis Angelicus

Panis Angelicus es uno de los tres himnos escritos por Santo Tomás de Aquino para la Fiesta de Corpus Christi como parte de la liturgia completa de la Fiesta, incluyendo oraciones para la Misa y la Liturgia de las Horas. Los otros dos himnos escritos por Santo Tomás son O Salutaris Hostia y Tantum Ergo. En 1872, César Franck arregló el tema para tenor, órgano, arpa, cello y contrabajo; lo incorporó en su Messe Solonnelle.

Chloe Agnew sings 'Panis Angelicus'

Panis angelicus
fit panis hominum;
Dat panis coelicus
figuris terminum:
O res mirabilis!
manducat Dominum
Pauper, servus, et humilis.
Te trina Deitas
unaque poscimus:
Sic nos tu visita,
sicut te colimus;
Per tuas semitas
duc nos quo tendimus,
Ad lucem quam inhabitas.
Amen.


Pan de los Angeles,
se convierte en pan de los hombres;
El Pan del cielo
termina con todas las prefiguraciones:
¡Oh cosa admirable!
Consume a tu Señor
el pobre, siervo y humilde.
Rogamos a Ti,
Dios, Uno en Tres,
Que así vengas a nosotros,
como a ti te damos culto.
Por tus caminos
guíanos adonde anhelamos,
a la luz en la que moras.
Amen.

7.7.09

Analfabetos en religión

Josep-Ignasi Saranyana, Profesor de Teología de la Universidad de Navarra, publicaba en "La Vanguardia" (14 de junio de 2009) esta reflexión sobre la cultura que está generando el lñaicismo:


El Periódico comentaba, hace poco, que la historia sagrada (Caín, Abrahán, Isaac, etc.) impregnaba antes la vida cotidiana de los adolescentes y que "de esa presión ideológica [sic] hemos pasado ahora al relativismo laico", a "ahuyentar cualquier atisbo de reminiscencia religiosa". Días después, Reyes Mate denunciaba, en el mismo rotativo, que la juventud española padece "un anacrónico analfabetismo religioso"; y que le preocupaba no "tanto la descristianización del país, sino la deshumanización de las nuevas generaciones".

Es innegable que los planteamientos laicistas se encuentran en este punto, como en tantos otros, ante un dilema. La pregunta es, en efecto, si puede el fenómeno religioso prescindir de su matriz religiosa y transformarse en puro fenómeno cultural; si pueden interesar a las nuevas generaciones, unas expresiones artísticas (Giotto, por ejemplo) producidas por convicciones que ya se consideran muertas.

El pasado domingo tuve ocasión de revisionar el insuperable documental de Al Pacino Looking for Richard (1996), que recrea el Ricardo III de Shakespeare e indaga por qué la juventud americana pasa por completo de Shakespeare. Los jóvenes entrevistados por Pacino consideran que ese drama es complicado, lento, engolado y sin sentido. Ya nada les dice la obra del dramaturgo inglés, y menos todavía la tragedia de la Casa de York. Falla el puente entre el XVI y el XXI y, por ello, Shakespeare les atrae menos que la extinción del lince ibérico.

Por analogía, Pacino nos ofrece pistas para comprender por qué es imposible que Moisés y David interesen, si se extinguen las convicciones religiosas. ¡Sin ellas, en efecto, qué me importan –dicen los jóvenes– Abrahán, Isaac, Jacob y otros beduinos del próximo oriente, que vivieron hace tres mil años y pico! Ni los entienden, ni les divierten, ni les interesan. Una cultura cristiana sin cristianismo es una utopía. Y entonces acecha la deshumanización, como temen los laicistas, y nuestro mundo se desnorta.

5.7.09

Diagnóstico cultural de nuestro tiempo

Alejandro Llano, Catedrático de Filosofía de la Universidad de Navarra hace un clarificador "diagnóstico cultural del tiempo presente" en este artículo que recuperamos para el blog. Si se examinan las mentalidades y formas de vida que hoy imperan en Occidente, se detectan cuatro problemas de fondo que tiene que abordar la educación del hombre actual…


El relativismo, la concepción de los derechos humanos, la idea y práctica de la sexualidad, y el consumismo son cuestiones de las que nadie puede considerarse al margen. Ante las tendencias disolventes en estos terrenos, se presenta una oportunidad de ser rebeldes, para crear otros modos de pensar y de vivir más conformes con la dignidad de la persona.

Podemos considerar el relativismo cultural como el primer problema, el más profundo y abarcante, que ofrece hoy día relevancia intelectual. Como ha señalado Pierre Manent en su libro La ciudad del hombre, lo que se encuentra en la raíz del relativismo cultural es el abandono de la noción de naturaleza y, con ella, de la visión teleológica del hombre y de la entera realidad. Con mucho acierto, Pierre Manent sitúa en el siglo XVII la época en la que la humanidad europea se decide a echar por la borda de una buena vez la idea de naturaleza humana. Y el autor más representativo de esta operación ideológica no es otro que John Locke. Esto va unido a unas variaciones en el modo de vida que suponen el cambio de los parámetros comunitarios propios de la polis o de la civitas por otros, característicos de las sociedades modernas, en las que la clave relacional ya no es la amistad cívica sino el comercio.

El comercio no tiene patria ni aspiraciones de perfeccionamiento. Es una combinatoria anónima cuyo único propósito consiste en la mejora de las condiciones materiales de vida y, por decirlo de una manera que para Locke no es trivial, en el logro de la comodidad, del comfort. El comercio es defensivo, huidizo: no busca ya el vivir bien de los clásicos y cristianos, sino meramente el sobrevivir de la manera más placentera posible.

La vida buena, las humanidades, la religión, la cultura, se convierten entonces en una creación circunstancial e histórica del propio hombre. Y, por lo tanto, poseen un valor estrictamente relativo. A su vez, el modo comercial de vida –que sigue siendo el nuestro– fomenta la globalización, la movilidad de la población y, por lo tanto, el multiculturalismo, que viene a ofrecer en un solo golpe de vista el abigarramiento de las diferentes creencias, valoraciones, creaciones artísticas, gustos, preferencias o estructuras familiares.

Ética leve
En una situación de esta índole, la virtud fundamental es la tolerancia. Lejos de toda pretensión de superioridad o exclusivismo, cada cultura o religión debe concebirse a sí misma como una más entre otras. Lo contrario sería dogmatismo o fanatismo –eso que hoy día se llama fundamentalismo–, que es lo único que la tolerancia no debe tolerar.
Evidentemente, tal visión de la realidad social abre camino a una concepción minimalista, leve, light de la moralidad. Es la ética sin metafísica y, por los mismos motivos, un enfoque de la convivencia social que -por utilizar la expresión de John Rawls- se caracteriza por ser político, no metafísico. Como ya no se admite que haya una naturaleza –y tampoco, por ende, que haya cosas que sean según la naturaleza o contra la naturaleza–, la ética es exclusivamente procedimental o funcional: es la moral del buen funcionamiento.

Sin embargo, a la luz de lo acontecido en estos tres últimos siglos, cabe decir que “el funcionalismo no funciona”. El olvido de la naturaleza –que, por más que nos empeñemos en negarlo, sigue siendo nuestra manera fundamental de ser- lleva consigo un completo descoyuntamiento de la vida personal y social. Sin necesidad de echar cuentas de quebrantos y ganancias de este período, basta con fijarnos en la pérdida de sustancia moral característica de las sociedades actuales, en las que lo que empieza a ser problemático es justamente aquello que ante todo se pretendía, a saber, sobrevivir de una manera mínimamente digna. (Ver texto completo)

3.7.09

Derrota de la verdad

Se han cumplido sesenta años de la publicación de 1984, la novela de George Orwell que alertaba contra el surgimiento de un Estado que lo controla todo. Aunque las amenazas totalitarias que vislumbró el escritor británico parecen haberse desvanecido, su mensaje sigue siendo actual. Hoy el equivalente del Ministerio de la Verdad se dedica a eliminar la diferencia entre lo real y lo inventado y a prohibir determinadas preguntas. Así lo hace notar el profesor Alfredo Cruz en un artículo publicado en Nuestro Tiempo (mayo-junio, 2009).


Es difícil que el lector actual pueda temer al “Gran Hermano” del que habló Orwell: ese símbolo del control omnipresente que materializaron el nazismo y, años después, la dictadura comunista de Stalin. “La idea de un aparato político que controla la vida entera de los hombres (…) es algo que pertenece al pasado, es una imagen que no consigue alarmarnos, pues se nos antoja imposible que vuelva a cobrar realidad”. Pero sería un error pensar que la advertencia de Orwell frente al totalitarismo ha perdido vigencia. Si miramos al fondo de la novela, como sugiere Cruz, encontraremos un inquietante paralelismo con la época actual. “Puede que las ideologías mesiánicas, la instrumentalización sistemática de los individuos o la política de la sospecha y la delación, estén lejos de nosotros y sea difícil su vuelta. Pero la hostilidad a la verdad, el cuestionamiento escéptico de que pueda haberla realmente, y el esfuerzo por ampliar el campo de la manipulación, y perfeccionar sus métodos, nos acompaña todos los días”.

“Quien afirma que en política no hay lógica, y que, por lo tanto, todo es posible y aceptable, dado que carecemos de principios, valores y argumentos racionales, puede acabar gobernando un país democrático; mientras que el que reconoce públicamente que no puede sostener que ser homosexual sea equivalente a ser heterosexual, se ve declarado no apto para la actividad parlamentaria”.

“¿Quién se atreve hoy a decir abiertamente que lo concebido por una mujer solo puede ser otro ser humano porque, de lo contrario, ella misma tampoco lo sería? ¿Quién se aventura a sostener que todo ser humano es varón o mujer antes de tener orientación sexual alguna, y que la única orientación sexual normal, razonable es la que corresponde a lo que uno es; o que la única forma de convivencia conyugal que es verdaderamente de interés social, es el matrimonio entre un hombre y una mujer? (…)”
“El peligro que corre quien afirme tales cosas no consiste en que sus afirmaciones puedan ser discutidas, como tampoco consiste en que, de esta discusión, pudieran salir finalmente refutadas. El peligro está en que ni siquiera se admitirá entrar a discutirlas. Y no admitir la discusión supone no admitir, por principio, la posibilidad de que una cosa resulte a la postre verdadera. En otras palabras, supone haber hecho de la diferencia entre verdad y falsedad una cuestión posterior y dependiente de la posición adoptada por nuestra voluntad”.

En la nueva sociedad opresiva, el intento de introducir ciertas ideas en el discurso público se tacha de osadía. No hay lugar para el debate racional; no se admite por principio la posibilidad de llegar a unas preferencias razonables. Esta es, según Cruz, la esencia del totalitarismo sobre el que alertaba Orwell: eliminar, desde el poder, la diferencia entre lo real y lo inventado.

“Cuando no hay verdadero debate y argumentación; cuando no se afrontan las cuestiones en sí mismas consideradas; cuando los razonamientos son puramente tácticos y falaces, y no se nutren sino del recurso perezoso a tópicos y consignas, la cuestión de la verdad se ha hecho irrelevante. No es que el poder cree la verdad –como pretende el Partido en la novela de Orwell–, sino que puede desentenderse de esta tarea totalitaria, porque, sencillamente, el hecho de que algo sea verdadero o falso ha perdido todo interés, lo cual abre una vía más cómoda hacia el totalitarismo”.

La ausencia de un debate serio de ideas da lugar a una batalla campal, donde los tópicos y los eslóganes sirven como armas arrojadizas. No importa si una idea es verdadera o falsa, “sino si es progresista o conservadora, de izquierdas o de derechas, crítica o dogmática, feminista o machista, u otras cosas por el estilo (…); lo único que realmente cuenta es el peso de estas etiquetas, producidas por esa extraña mezcla de simpleza intelectual, afán de revancha y necesidad de redimirse”.

2.7.09

Tonos de Cyrano

Cyrano es un poeta y espadachín que expresa su amor por la bella Roxane por boca de Christian, el apuesto soldado a quien ella ama. Jactancioso y fanfarrón, de genio vivo pero a la vez ingenioso e irónico, noble y orgulloso, sobresaliente con la espada y brillantemente locuaz, Cyrano a su vez esconde una herida secreta que le atormenta una y otra vez: su amor por Roxane parece inalcanzable. Jean-Paul Rappeneau hizo en 1990 una magnífica versión cinematográfica. Copiamos uno de sus divertidos monólogos:


Eso es muy corto, joven; yo os abono que podíais variar bastante el tono. Por ejemplo:
Agresivo: «Si en mi cara tuviese tal nariz, me la amputara.»
Amistoso: «Se baña en vuestro vaso al beber, o un embudo usáis al caso?»
Descriptivo: «Es un cabo? ¿Una escollera? Mas ¿qué digo? ¡Si es una cordillera!»
Curioso: «De qué os sirve ese accesorio? ¿De alacena, de caja o de escritorio?»
Burlón: «Tanto a los pájaros amáis, que en el rostro una alcándara les dais?»
Brutal: «Podéis fumar sin que el vecino ¡Fuego en la chimenea! grite?»
Fino: «Para colgar las capas y sombreros esa percha muy útil ha de seros.»
Solícito: «Compradie una sombrilla: el sol ardiente su color mancilla.»
Previsor: «Tal nariz es un exceso: buscad a la cabeza contrapeso.»
Dramático: «Evitad riñas y enojo: si os llegara a sangrar, diera un Mar Rojo.»
Enfático: «Oh nariz!... ¿Qué vendaval te podría resfriar? Sólo el mistral.»
Pedantesco: «Aristófanes no cita más que a un ser sólo que con vos compita
en ostentar nariz de tanto vuelo: el Hipocampelephantocamelo.»
Respetuoso: «Señor, bésoos la mano: digna es vuestra nariz de un soberano.»
Ingenuo: «De qué hazaña o qué portento en memoria, se alzó este monumento?»
Lisonjero: «Nariz como la vuestra es para un perfumista lista muestra.»
Lírico: «Es una concha? ¿Sois tritón?»
Rústico: «Eso es nariz o es un melon?»
Militar: «Si a un castillo se acomete, aprontad la nariz: ¡terrible ariete!»
Práctico: «La ponéis en lotería? ¡El premio gordo esa nariz sería!»
Y finalmente, a Píramo imitando:
«Malhadada nariz, que, perturbando del rostro de tu dueño la armonía,
te sonroja tu propia villanía!».

1.7.09

Kyung Wha Chung plays Bach - Violin Concerto

Kyung Wha Chung interpreta a Bach - Violin Concerto - A minor - Allegro moderato - BWV 1041